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Drama en tres actos

Sinopse |
Um novo aluno, Ignacio, cego de nascença, entra numa Instituição para cegos. Ao contrário dos colegas — que vivem
numa atmosfera de aparente felicidade e conformismo, fingindo que a cegueira não é uma limitação e rejeitando o uso de bengalas — Ignacio é pessimista, realista,
recusa aceitar aquela complacência e exige enfrentar a realidade da sua condição. Ignacio rejeita a atitude de Carlos, o líder e aluno mais admirado do grupo, e demonstra que o sentimento de segurança dos
outros é ilusório, obrigando Carlos a experimentar o medo de tropeçar. Com as suas ideias, Ignacio começa a perturbar a falsa paz
daquele lugar. Abala o grupo e desencadeia um conflito trágico.
Ignacio, un nuevo estudiante ciego de nacimiento, ingresa en una institución
para ciegos. A diferencia de sus compañeros, que viven en una atmósfera de
aparente felicidad y conformidad, fingiendo que la ceguera no es una limitación
y rechazando el uso de bastones, Ignacio es pesimista, realista, se niega a
aceptar esa complacencia y exige afrontar la realidad de su condición. Ignacio
rechaza la actitud de Carlos, el líder y estudiante más admirado del grupo, y
demuestra que la seguridad de los demás es ilusoria, obligando a Carlos a
experimentar el miedo a tropezar. Con sus ideas, Ignacio comienza a perturbar la
falsa paz del lugar. Sacude al grupo y desencadena un conflicto trágico.
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Personajes: ANDRÉS, ELISA, PEDRO, LOLITA, ALBERTO, JUANA, CARLOS, ESPERANZA, MIGUELÍN: Estudiantes de
un Centro de enseñanza para ciegos DON PABLO: Director del Centro DOÑA PEPITA: Esposa de don Pablo IGNACIO: Nuevo estudiante del Centro EL PADRE: Padre de Ignacio
ACTO I
Fumadero en un moderno centro de enseñanza: lugar seCon sus ideas, Ignacio comienza a romper la paz fingida del lugar y se gana la simpatía de Juana, la novia de Carloso, portalada que da a la terraza. Al fondo
se divisa la barandilIgnacio, un nuevo estudiante ciego de nacimiento, ingresa en una institución para ciegos. A diferencia de sus compañeros, que viven en una atmósfera de aparente felicidad y conformidad, fingiendo que la ceguera no es una limitación y rechazando el uso de bastones, Ignacio es pesimista, realista, se niega a aceptar esa complacencia y exige afrontar la realidad de su condición. Ignacio rechaza la actitud de Carlos, el líder y estudiante más admirado del grupo, y demuestra que la seguridad de los demás es ilusoria, obligando a Carlos a experimentar el miedo a tropezar. Con sus ideas, Ignacio comienza a perturbar la falsa paz del lugar. Sacude al grupo y desencadena un conflicto trágico.alsa paz del lugar. Sacude al grupo y desencadena un conflicto trágico.los tres veladores. Las cristaleras doblan y continúan fuera de
escena, a la mitad del lateral izquierdo, formando la entrada de una galería. En
el lateral derecho, una puerta.
(Cómoda y plácidamente sentados, fumando algunos de ellos, vemos allí a ocho
jóvenes estudiantes pulcramente vestidos. No obstante su aire risueño y atento,
hay algo en su aspecto que nos extraña, y una observación más detenida nos
permite comprender que todos son ciegos. Algunos llevan gafas negras, para
velar, sin duda, un espectáculo demasiado desagradable a los demás; o, tal vez,
por simple coquetería. Son ciegos jóvenes y felices, al parecer; tan seguros de
sí mismos que, cuando se levantan, caminan con facilidad y se localizan
admirablemente, apenas sin vacilaciones o tanteos. La ilusión de normalidad es,
con frecuencia, completa, y el espectador acabaría por olvidar la desgracia
física que los aqueja si no fuese por un detalle irreductible que a veces se la
hace recordar: estas gentes nunca se enfrentan con la cara de su interlocutor.
CARLOS y JUANA ocupan los sillones de la izquierda. Él es un muchacho fuerte y
sanguíneo, de agradable y enérgica expresión. Atildado indumento en color claro,
cuello duro. Ella es linda y dulce. ELISA ocupa el sillón de la derecha. Es una
muchacha de físico vulgar y de espíritu abierto, simple y claro. En el sofá
están los estudiantes ANDRÉS, PEDRO y ALBERTO, y en los sillones contiguos, las
estudiantes LOLITA y ESPERANZA.)
ELISA. —(Impaciente.) ¿Qué hora es, muchachos? (Casi todos ríen, expansivos,
como si hubiesen estado esperando la pregunta.) No sé por qué os reís. ¿Es que
no se puede preguntar la hora? (Las risas arrecian.) Está bien. Me callo.
ANDRÉS. —Hace un rato que dieron las diez y media.
PEDRO. —Y la apertura del
curso es a las once.
ELISA. —Yo os preguntaba si habían dado ya los tres cuartos.
LOLITA. —Hace un
rato que nos lo has preguntado por tercera vez.
ELISA. —(Furiosa.) Pero ¿han
dado o no?
ALBERTO. —(Humorístico.) ¡Ah! No sabemos... ELISA. —¡Sois odiosos!
CARLOS. —(Con ironía.) Ya está bien. No os metáis con ella. Pobrecilla.
ELISA.
—¡Yo no soy pobrecilla!
JUANA. —(Dulce.) Todavía no dieron los tres cuartos, Elisa.
(MIGUELÍN, un estudiante jovencito y vivaz, que lleva gafas oscuras, porque sabe
por experiencia que su vivacidad es penosa cuando las personas que ven la
contrastan con sus ojos muertos, aparece por la portalada.)
ANDRÉS. —Tranquilízate. Ya sabes que Miguelín llega siempre a todo con los
minutos contados.
ELISA. —¿Y quién pregunta por Miguelín?
MIGUEL. —(Cómicamente compungido.) Si nadie pregunta por Miguelín, lloraré.
ELISA. —(Levantándose de golpe.) ¡Miguelín!
(Corre a echarse en sus brazos, mientras los demás acogen al recién llegado con
cariñosos saludos. Todos, menos CARLOS y JUANA, se levantan y se acercan para
estrechar su mano.)
ANDRÉS. —¡Caramba, Miguelín! PEDRO. —¡Ya era hora!
LOLITA. —¡La tenías en un puño! ESPERANZA. —¿Qué tal te ha ido?
ALBERTO. —¿Cómo estás? (Sin soltar a ELISA, MIGUELÍN avanza decidido hacia el
sofá.)
CARLOS. —¿Ya no te acuerdas de los amigos?
MIGUEL. —¡Carlos! (Se acerca a darle la mano.) Y Juana al lado, seguro.
JUANA.
—Lo has acertado. (Le da la mano.)
MIGUEL. —(Volviendo a coger a ELISA.) ¡Uf! Creí que no llegaba a la apertura. Lo
he pasado formidable, chicos; formidable. (Se sienta en el sofá con ELISA a su
lado. ANDRÉS se sienta con ellos. Los demás se sientan también.) ¡Pero tenía
unas ganas de estar con vosotros! Es mucha calle la calle, amigos. Aquí se
respira. En cuanto he llegado, ¡zas!, el bastón al conserje. «¿Llego tarde?».
«Aún faltan veinte minutos». «Bien». Saludos aquí y allá... «¡Miguelín!». «Ya
está aquí Miguelín». Y es que soy muy importante, no cabe duda.
(Risas generales.)
ELISA. —(Convencida de ello.) ¡Presumido!
MIGUEL. —Silencio. Se prohíbe interrumpir. Continúo. «Miguelín, ¿adónde vas?»
«Miguelín, en la terraza está Elisa...»
ELISA. —(Avergonzada. le propina un pellizco.) ¡Idiota!
MIGUEL. —(Gritando.) ¡Ay!... (Risas.) Continúo. «¿Que a dónde voy? Con mi peña y
a nuestro rincón». Y aquí me tenéis. (Suspira.) Bueno, ¿qué hacemos que no nos
vamos al paraninfo? (Intenta levantarse.)
LOLITA. —No empieces tú ahora. Sobra tiempo.
ANDRÉS. —(Reteniéndole.) Cuenta, cuéntanos de tus vacaciones.
ESPERANZA.
—(Batiendo palmas.) Sí, sí. Cuenta.
ELISA. —(Muy amoscada, batiendo palmas también.) Sí, sí. Cuéntaselo a la niña.
ESPERANZA. —(Desconcertada.) ¿Eso qué quiere decir?
ELISA. —(Seca.) Nada. Que también yo sé batir palmas.
(Los estudiantes ríen.)
ESPERANZA. —(Molesta.) ¡Bah!
MIGUEL. —Modérate, Elisa. Los señores quieren que les cuente de mis vacaciones.
Pues atended.
(Los chicos se arrellanan, complacidos y dispuestos a oír algo divertido.
MIGUELÍN empieza a reírse con zumba.)
PEDRO. —¡Empieza de una vez!
MIGUEL. —Atended. (Riendo.) Un día cojo mi bastón para salir a la calle, y...
(Se interrumpe. Con tono de sorpresa.) ¿No oís algo?
ANDRÉS. —¡Sigue y no bromees!
MIGUEL. —¡Si no bromeo! Os digo que oigo algo raro. Oigo un bastón...
LOLITA.
—(Riendo.) El tuyo, que lo tienes en los oídos todavía.
ELISA. —Continúa, tonto...
ALBERTO. —No bromea, no. Se oye un bastón. JUANA. —También yo lo oigo.
(Todos atienden. Pausa. Por la derecha, tanteando el suelo con su bastón y con
una expresión de vago susto, aparece IGNACIO. Es un muchacho delgaducho, serio y
reconcentrado, con cierto desaliño en su persona: el cuello de la camisa
desabrochado, la corbata floja, el cabello peinado con ligereza. Viste de negro,
intemporalmente, durante toda la obra. Avanza unos pasos, indeciso, y se
detiene.)
LOLITA. —¡Qué raro!
(IGNACIO se estremece y retrocede un paso.) MIGUEL. —¿Quién eres?
(Temeroso, IGNACIO se vuelve para salir por donde entró. Después cambia de idea
y sigue hacia la izquierda, rápido.)
ANDRÉS. —¿No contestas?
(IGNACIO tropieza con el sillón de JUANA. Tiende el brazo y ella toma su mano.)
MIGUEL. —(Levantándose.) ¡Espera, hombre! No te marches.
(Se acerca a palparle, mientras JUANA dice, inquieta:)
JUANA. —Me ha cogido la mano. No le conozco.
(IGNACIO la suelta, y MIGUELÍN lo sujeta por un brazo.)
MIGUEL. —Ni yo.
(ANDRÉS se levanta y se acerca también para cogerle por el otro brazo.)
IGNACIO. —(Con temor.) Dejadme. ANDRÉS. —¿Qué buscas aquí?
IGNACIO. —Nada. Dejadme. Yo. soy un pobre ciego.
LOLITA. —(Riendo.) Te ha salido un competidor, Miguelín.
ESPERANZA. —¿Un
competidor? ¡Un maestro!
ALBERTO. —Debe de ser algún gracioso del primer curso.
MIGUEL. —Dejádmelo a mí.
¿Qué has dicho que eres?
IGNACIO. —(Asustado.) Un. ciego.
MIGUEL. —¡Oh, pobrecito, pobrecito!. ¿Quiere que le pase a la otra acera? (Los
demás se desternillan.) ¡Largo, idiota! Vete a reír de los de tu curso.
ANDRÉS. —Realmente, la broma es de muy mal gusto. Anda, márchate. (Lo empujan.
IGNACIO retrocede hacia el proscenio.)
IGNACIO. —(Violento, quizá al borde del llanto.) ¡Os digo que soy ciego!
MIGUEL.
—¡Qué bien te has aprendido la palabrita! ¡Largo!
(Avanzan hacia él, amenazadores. ALBERTO se levanta también.)
IGNACIO. —Pero ¿es que no lo veis? MIGUEL. —¿Cómo?
(JUANA y CARLOS, que comentaban en voz baja el incidente, intervienen.)
CARLOS. —Creo que estamos cometiendo un error muy grande, amigos. Él dice la
verdad.
Sentaos otra vez. MIGUEL. —¡Atiza!
CARLOS. —(Acercándose con JUANA a IGNACIO.) Nosotros también somos... ciegos,
como tú dices.
IGNACIO. —¿Vosotros?
JUANA. —Todos lo somos. ¿Es que no sabes dónde estás?
(ELISA toma del brazo a MIGUELÍN, que está desconcertado. Los estudiantes
murmuran entre sí. ANDRÉS y PEDRO vuelven a sentarse. Todos atienden.)
IGNACIO. —Sí lo sé. Pero no puedo creer que seáis… como yo.
CARLOS.
—(Sonriente.) ¿Por qué?
IGNACIO. —Andáis con seguridad. Y me habláis… como si me estuvieseis viendo.
CARLOS. — No tardarás tú también en hacerlo. Acabas de venir, ¿verdad?
IGNACIO. —Sí CARLOS. — ¿Solo?
IGNACIO. —No. Mi Padre está en el despacho, con el director.
JUANA. —¿Y te han
dejado fuera?
IGNACIO. —El director dijo que saliera sin miedo. Mi padre no quería, pero don
Pablo dijo que saliese y anduviese por el edificio. Dijo que era lo mejor.
CARLOS. —(Protector.) Y es lo mejor. No Tengas miedo.
IGNACIO. —(Con orgullo.)
No lo tengo.
CARLOS. — Lo de aquí ha sido un incidente sin importancia. Es que Miguelín es
demasiado alocado.
MIGUEL. — Dispensa, chico. Todo fue por causa de don Pablo.
ALBERTO. — (Riendo.)
La pedagogía.
MIGUEL. — Eso. Te ha aplicado la pedagogía desde el primer minuto. Ya tendrás
mas encuentros con esa señora. No te preocupes.
(Se vuelve con ELISA, y ambos se sientan en los dos sillones de la izquierda. Se
ponen a charlar, muy amartelados.)
CARLOS. —Por esta vez es bastante. Si quieres te volveremos al despacho.
IGNACIO. — Gracias. Sé ir yo solo. Adiós.
(Da unos pasos hacia el foro.)
CARLOS. —(Calmoso.) No, no sabes... Por ahí se va a la salida. (Le coge
afectuosamente del brazo y le hace volver hacia la derecha. Pasivo y con la
cabeza baja, IGNACIO se deja conducir.) Espérame aquí, Juana. Vuelvo en seguida.
JUANA. —Sí.
(Por la derecha aparecen EL PADRE DE IGNACIO y DON PABLO, director del Centro.
El PADRE entra con ansiosa rapidez, buscando a su hijo. Es un hombre agotado y
prematuramente envejecido, que viste con mezquina corrección de empleado.
Sonriente y tranquilo, le sigue DON PABLO, señor de unos cincuenta años, con las
sienes grises, en quien la edad no ha borrado un vago aire de infantil lozanía.
Su vestido es serio y elegante. Usa gafas oscuras.)
EL PADRE. — Aquí está Ignacio.
DON PABLO. —Ya le dije que le encontraríamos. (Risueño.) Y en buena compañía,
creo. Buenos días, muchachos.
(A su voz, todos los ESTUDIANTES se levantan.)
ESTUDIANTES. —Buenos días, don Pablo.
(EL PADRE se acerca a su hijo y le coge, entre tímido y paternal, por el brazo.
IGNACIO no se mueve, como si el contacto le disgustase.)
CARLOS. —Ya hemos hecho conocimiento con Ignacio. JUANA. —Carlos se lo llevaba
ahora a ustedes.
DON PARLO. — (Al PADRE.) Como ve, no le ha pasado nada. El chico ha encontrado
en seguida amigos. Y de los Buenos: Carlos, que es uno de nuestros mejores
alumnos, y Juana.
EL PADRE. —(Corto.) Encantado.
JUANA. —El gusto es nuestro.
DON PABLO. —Su hijo se encontrará bien entre nosotros, puede estar seguro. Aquí
encontrará alegría, Buenos compañeros, juegos…
EL PADRE. —Sí, desde luego. Pero los juegos… ¡Los juegos que he visto son
maravillosos, no hay duda! Nunca pude suponer que los ciegos pudiesen jugar al
balón. ¡Y menos deslizarse por un tobogán tan alto! (Tímido.) ¿Cree usted que mi
Ignacio podrá hacer esas cosas sin peligro?
DON PABLO. —Ignacio hará eso y mucho más. No lo dude.
EL PADRE. —- ¿No se caerá?
DON PABLO. —- ¿Acaso se caen los otros?
EL PADRE. —Es que parece imposible que puedan jugar así, sin que haya que
lamentar…
DON PABLO. —Ninguna desgracia; no, señor. Esas y otras distracciones
llevan ya mucho tiempo entre nosotros.
EL PADRE. — Pero todos estos chicos, ¡pobrecillos!, son ciegos. ¡No ven nada!
DON PABLO. —En cambio, oyen y se orientan mejor que usted. (Los estudiantes
asienten con rumores.) Por otra parte... (irónico) no crea que es muy adecuado
calificarles de pobrecillos… ¿No le parece, Andrés?
ANDRÉS. —Usted lo ha dicho.
DON PABLO. —¿Y ustedes, Pedro, Alberto?
PEDRO. —Desde luego, no. No somos
pobrecillos.
ALBERTO. —Todo, menos eso.
LOLITA. —Si usted nos permite, don Pablo...
DON PABLO. —Sí, diga.
LOLITA. —(Entre risas.) Nada. Que Esperanza y yo pensamos lo mismo.
EL PADRE.
—Perdonen.
DON PABLO. —Perdónenos a nosotros por lo que parece una censura y no es más que
una explicación. Los ciegos, o, simplemente, los invidentes, como nosotros
decimos, podemos llegar donde llegue cualquiera. Ocupamos empleos, puestos
importantes en el periodismo y en la literatura, cátedras... Somos fuertes,
saludables, sociables... Poseemos una moral de acero. Por lo demás, no son éstas
conversaciones a las que ellos estén acostumbrados. (A los demás.) Creo que los
más listos de ustedes podrían ir ya tomando sitio en el paraninfo. Falta poco
para las once. (Risueño.) Es un aviso leal.
ANDRÉS. —Gracias, don Pablo. Vámonos, muchachos.
(ANDRÉS, PEDRO, ALBERTO y las dos ESTUDIANTES desfilan por la izquierda.)
ESTUDIANTES. —Buenos días. Buenos días, don Pablo.
DON PABLO. — Hasta ahora,
hijos, hasta ahora.
(Los ESTUDIANTES salen. ELISA trata de imitarlos, pero MIGUELIN tira de su brazo
y la obliga a sentarse. Con las manos enlazadas, vuelven a engolfarse en su
charla. JUANA y CARLOS permanecen de pie, a la izquierda, atendiendo a DON
PABLO. Breve pausa.)
EL PADRE. —Estoy avergonzado. Yo...
DON PABLO. —No tiene importancia. Usted viene con los prejuicios de las gentes
que nos desconocen. Usted, por ejemplo, creerá que nosotros no nos casamos...
EL PADRE. —Nada de eso... Entre ustedes, naturalmente...
DON PABLO. —No señor. Los matrimonios entre personas que ven y personas que no
ven abundan cada día más. Yo mismo...
EL PADRE. —¿Usted?
DON PABLO. —Sí. Yo soy invidente de nacimiento y estoy casado con una vidente.
IGNACIO. —(Con lento asombro.) ¿Una vidente?
EL PADRE. —¿Así nos llaman ustedes?
DON PABLO. —Sí, señor.
EL PADRE. —Perdone, pero...como, nosotros llamamos videntes a los que dicen
gozar de doble vista...
DON PABLO. —(Algo seco.) Naturalmente. Pero nosotros, forzosamente más modestos,
llamamos así a los que tienen, simplemente, vista.
EL PADRE. —(Que no sabe dónde meterse.) Dispense una vez más.
DON PABLO. —No hay nada que dispensar. Me encantaría presentarle a mi esposa,
pero no ha llegado aún. Ignacio la conocerá de todos modos, porque es mi
secretaria.
EL PADRE. —Otro día será. Bien, Ignacio, hijo... Me marcho contento de dejarte
en tan buen lugar. No dudo que te agradará vivir aquí. (Silencio de IGNACIO. A
CARLOS y JUANA.) Y ustedes, se lo ruego: ¡levántenle el ánimo! (Con inhábil
jocosidad.) Infúndanle esa moral de acerco que les caracteriza.
IGNACIO. —(Disgustado.) Padre.
EL PADRE. —(Abrazándole.) Sí, hijo. De aquí saldrás hecho un hombre...
DON
PABLO. —Ya lo creo. Todo un señor licenciado, dentro de pocos años.
(La tensión entre padre e hijo se disuelve. CARLOS interviene cogiendo del brazo
a IGNACIO.)
CARLOS. —Si nos lo permiten, nos llevaremos a nuestro amigo.
EL PADRE. — Sí, con mucho gusto. (Afectado.) Adiós, Ignacio... Vendré...
pronto... a verte.
IGNACIO. —(Indiferente.) Hasta pronto, padre.
(EL PADRE está muy afectado; mira a todos con ojos húmedo, que ellos no pueden
ver. En sus movimientos muestra múltiples vacilaciones: volverá abrazar a su
hijo, despedirse de los dos ESTUDIANTES, consultar a DON PABLO con una perruna
Mirada que se pierde en el aire.)
DON PABLO. — ¿Vamos?
EL PADRE. —Sí, sí. (Inician la marcha hacia el foro.)
DON PABLO. — (Deteniéndose.) Acompáñele el paraninfo, Carlos. ¡Ah! Y preséntele
a Miguelín, porque can a ser compañeros de habitación.
CARLOS. — Descuide, don Pablo.
(DON PABLO acompaña al PADRE a la puerta del fondo, por la que salen ambos,
mientras le dice una serie de cosas a las que aquél atiende mal, preocupado como
está en volverse con frecuencia a ver a su hijo, con una expresión cada vez más
acongojada. Al fin, desaparecen tras la cristalera, por la derecha Entre tanto,
CARLOS, IGNACIO y JUANA se sitúan en el primer término izquierdo.)
CARLOS. —¡Lástima que no vinieses antes! ¿Comienzas ahora la carrera?
IGNACIO.
—Sí. El preparatorio.
CARLOS. —Juana y yo te ayudaremos. No repares en consultarnos cualquier
dificultad que encuentres.
JUANA. — Desde luego.
CARLOS. — Bien. Ahora Miguelín te acomodará en vuestro cuarto. Antes debes
aprenderte en seguida el edificio. Escucha: este rincón es nuestra peña, en la
que desde ahora quedas admitido. Nada por en medio (lo conduce), para no
tropezar. Le daremos la vuelta, para que te aprendas los sillones y veladores.
(Los tres están ahora a la derecha.) ¡Pero debes abandonar en seguida el bastón!
No te dará falta.
JUANA. —(Tratando de cogérselo.) Trae. Se lo daremos al conserje para que lo
guarde.
IGNACIO. — (Que se resiste.) No, no. Yo... soy algo torpe para andar sin
él. Y no os molestéis tampoco en enseñarme el edificio. No lo aprendería.
(Un silencio.)
CARLOS. —Perdona. A tu gusto. Aunque debes intentar vencer rápidamente esa
torpeza… ¿No has estudiado en nuestro colegio elemental?
IGNACIO. —No.
JUANA. —¿No eres de nacimiento?
IGNACIO. —Sí. Pero... mi familia...
CARLOS. —Bien. No te importe. Todos aquí somos de nacimiento y hemos estudiado
en nuestros Centros, bajo la dirección de don Pablo.
JUANA. —¿Qué te ha parecido don Pablo?
IGNACIO. —Un hombre... absurdamente
feliz.
CARLOS. —Como cualquiera que asistiese a la realización de sus mejores sueños de
trabajo. Eso no es un absurdo.
JUANA. — Si te oyera doña Pepita...
CARLOS. —Ya conocerás a otros profesores no menos dichosos.
IGNACIO. — ¿Ciegos
también?
CARLOS. —Se dice invidentes. (Pausa breve.) Pues... según. El de Biología es
invidente y está casado con la ayudante de Lenguas, que es vidente. También son
videntes el de Física, el de…
IGNACIO. —Videntes...
JUANA. —Videntes. ¿Qué tiene de particular?
IGNACIO. —Oye, Carlos, y tú, Juana: Videntes. ¿Acaso es posible el matrimonio
entre un ciego y una vidente?
CARLOS. —¿Tan raro te parece?
JUANA. — ¡Si hay muchos!
IGNACIO. — ¿Y entre un vidente y una ciega? (Silencio.) ¿Eh, Carlos? (Pausa
breve.) Juana?
CARLOS. —Juana y yo conocemos uno de viejos...
IGNACIO. —Uno.
JUANA. —Y el de Pepe y Luisita. ¡Bien felices son!
IGNACIO. — Dos.
CARLOS. — (Sonriendo.) Ignacio… No te ofendas, pero estás algo afectado por la
novedad de encontrarte aquí. ¿Cómo diría yo? Algo... anormal... Serénate. En
esta casa sombra alegría para ti y lo pasarás bien. (Le da cordiales palmadas en
el hombre. JUANA sonríe.)
IGNACIO. —Puede que esté... anormal. Todos lo estamos.
CARLOS. — (Sonriendo.) Ya hablaremos de eso. Aquí hace falta Miguelín, ¿eh,
Juana? Me parece que no se ha machado. ¡Miguelín! (Miguelín atiende fastidiado,
pero sin moverse.) No te hagas el muerto. Sé que estás aquí.
(Tanteando, se dirige a él, que se aprieta contra ELISA. Al fin, entre risas, lo
toca.)
MIGUEL. —Ya te lo haré yo a ti cuando estés con Juana. ¿Qué pasa?
CARLOS. —Ven
para acá.
MIGUEL. —No me da la gana.
CARLOS. —Ven y no hagas el tonto. Tengo que darte una orden de don Pablo.
MIGUEL. — (Incorporándose con desgana.) Si no se puede considerar incluida
Elisita en esa orden, no voy.
ELISA. —Podrías dejar de utilizarme para tus chistes, ¿no crees?
MIGUEL. —No. No
creo.
JUANA. — Ven tú también, Elisa. Ya es hora de que estemos juntas algún ratito.
MIGUEL. — No hay remedio. (Suspira.) En fin, vamos allá. (Con ELISA de su mano,
y tras CARLOS, se acerca al grupo.) Desembucha.
CARLOS. —(A IGNACIO.) Este es Miguelín; el loco de la casa. El de antes. El
rorro de la institución, nuestra mascota de diecisiete años. Así y todo, un gran
chico. Elisita es su resignada niñera.
MIGUEL. —¡Complaciente! ¡Complaciente niñera!
ELISA. —¡Si pudieras callarte!
MIGUELÍN. —¡Es que no puedo!
CARLOS. —Vamos, dad la mano al nuevo.
MIGUEL. —(Haciéndolo, a Elisa.) Anda.... niñera..., da la mano al nuevo.
(Elisa lo hace y no puede evitar un ligero estremecimiento.)
CARLOS. —(A IGNACIO.) Miguelín será tu compañero de cuarto por disposición
superior. Si no congenias con él, dilo y le ajustaremos las cuentas.
IGNACIO. —¿Por qué no voy a congeniar? Los dos somos ciegos.
(JUANA y ELISA se emparejan y hablan entre sí.)
MIGUEL. —¿Oyes, Carlos? Cuando yo decía que es un bromista...
IGNACIO. — Lo he
dicho en serio.
MIGUEL. — ¡Ah! ¿Sí?... Pues gracias. Aunque yo no considero muy desgraciado. Mi
única desgracia es tener que aguantar a...
ELISA. — (Saltando.) ¡Calla, estúpido! Ya sé por dónde vas. (Todos ríen, meno
IGNACIO.)
MIGUEL. — Y mi mayor felicidad, que no hay ninguna suegra preparada.
ELISA. — ¡Bruto!
MIGUEL. — (A las muchachas.) ¿Por qué no seguís con vuestros cotilleos? Estabais
muy bien así. (Ellas cuchichean y ríen ahogadamente.) ¡Las confidencias
femeninas, Ignacio! Nada hay más terrible. (JUANA y ELISA le pellizcan.) ¡Ay!
¡Ay! ¿No lo dije? (Risas.) Muy bien. Carlos, Ignacio: propongo una huida en masa
hacia la cantina; pero sin las chicas. ¡Hay cerveza!
CARLOS. —Aprobado.
JUANA. —Frente común, ¿eh? Ya te lo diré luego.
CARLOS. — Es un momento...
MIGUEL. — ¡No capitules, cobarde! Y vámonos de prisa. ¡Damas! El que me corten
ustedes a mí lo deseo de raso, con amplios vuelos y tahalí para el espadín.
Carlos se conforma con un traje de baño.
JUANA. —¡Vete ya!
ELISA. — (A la vez.) ¡Tonto!
(Con IGNACIO, en medio, se van los dos muchachos por la derecha.)
ELISA. —¡Hablemos!
JUANA. —¡Hablemos! (Corren a sentarse, enlazadas, al sofá, en tanto que DON
PABLO cruza tras los cristales y entra por la puerta del foro. Se acerca a las
muchachas, escucha y se detiene
a su lado.) ¡Cuánto tiempo sin decirnos cosas!
ELISA. — Lo necesitaba como el
pan.
DON PABLO. — ¿Tal vez interrumpo?
JUANA. —Nada de eso. (Se levantan las dos.) Casi no habíamos empezado.
DON
PABLO. — ¿Y de qué iban a hablar? ¿Acaso del nuevo alumno?
ELISA. —A mí me parece... que íbamos a hablar de alumnos más antiguos.
JUANA.
—(Avergonzada.) ¡Elisa!
DON PABLO. —(Riendo.) Una conversación muy agradable. (Serio.) Pero ha venido
este viejo importuno y prefiere hablar del alumno nuevo. Supongo que Elisita ya
lo conoce.
ELISA. —Sí, señor.
(Por la terraza ha cruzado DOÑA PEPITA, que se detiene en la puerta. Cuarenta
años. Trae una cartera de cuero bajo el brazo. Sonriente, contempla con cariño a
su esposo.)
DON PABLO. — (Que la percibe inmediatamente y vuelve su mirada al vacío.) Un
momento… Mi mujer. (Termina de volverse.)
DOÑA PEPITA. —(Acercándose.) Hola, Pablo. Dispénsame; ya sé que vengo algo
retrasada.
DON PABLO. —(Tomándole una mano, con una ternura que los años no
parecen haber aminorado.) Hueles muy bien hoy, Pepita.
DOÑA PEPITA. — Igual que siempre. Buenos días, señoritas. ¿Dónde dejaron a sus
caballeros andantes?
ELISA. — Nos abandonaron por un nuevo amigote.
JUANA. — ¡Pobre chico! Es
simpático.
ELISA. — A mí no me lo es.
DON PABLO. — No hable así de un compañero, señorita. Y menos cuando aún no ha
tenido tiempo de conocerle. (A DOÑA PEPITA). Carlos y Miguelín están acompañando
a un alumno nuevo del preparatorio que acaban de traernos.
DOÑA PEPITA. — ¡Ah!, ¿sí? ¿Qué tal chico es?
DON PABLO. — Ya has oído que a estas señoritas no les merece una opinión muy
favorable.
JUANA. — ¿Por qué no? Es que Elisa es muy precipitada.
DON PABLO. — Sí, un poco. Y, por eso mismo, les haré a las dos unas
recomendaciones.
JUANA. — ¿Respecto a Ignacio?
DON PABLO. — Sí (A DOÑA PEPITA). Y, de paso, también tú te harás cargo de la
cuestión.
DOÑA PEPITA. — ¿Es algo grave?
DON PABLO. — Es lo de siempre. Falta de moral.
DOÑA PEPITA. — El caso típico.
DON PABLO. — Típico. Quizá un poquitín complicado esta vez. Un muchacho triste,
malogrado por el mal entendido amor de los padres. Mucho mimo, profesores
particulares... Hijo único. En fin, ya comprendes. Es preciso, como en otras
ocasiones, la ayuda inteligente de algunos estudiantes.
JUANA. — Intentamos antes que abandonara el bastón y no quiso. Dice que es muy
torpe.
DON PABLO. — Pues hay que convencerle de que es un ser útil y de que
tiene abiertos todos los caminos, si se atreve. Es cierto que aquí tiene el
ejemplo, pero hay que administrárselo con tacto, y al talento de ustedes,
señoritas (a JUANA) y al de Carlos, muy particularmente, recomiendo la parte más
importante: la creación de una camaradería verdadera que le alegre el corazón.
No les será muy difícil... Los muchachos de este tipo están hambrientos de
cariño y alegría y no suelen rechazarlos cuando se saben romper sus murallas
interiores.
DOÑA PEPITA. — ¿Por qué no le pones de compañero de habitación con Miguelín?
DON PABLO. — (Asintiendo, sonriente). Ya está hecho... Pero no es preciso,
señorita Elisa, que Miguelín sea informado de esta recomendación mía. Si lo
tomase como encargo, le saldría mal.
ELISA. — No le diré nada.
DOÑA PEPITA. — Bueno. La cuestión se reduce a impregnar a ese Ignacio, en el
plazo más breve, de nuestra famosa moral de acero. ¿No es así?
DON PABLO. — Exacto. Y basta de charla, que el acto de apertura se aproxima.
Señoritas: en ustedes... cuatro, descanso satisfecho para este asunto.
JUANA. — Descuide, don Pablo.
DOÑA PEPITA. — Hasta ahora, hijitas.
JUANA. —
Hasta ahora, doña Pepita.
DOÑA PEPITA. — Pablo, Si no dispones otra cosa, mandaré conectar los altavoces.
Los chicos tienen derecho a su ratito de música hasta la apertura...
(Se van charlando. JUANA y ELISA se pasean torpemente, en primer término,
cariñosamente emparejadas).
JUANA. — ¡Hablemos! (Elisa no contesta. Parece preocupada. JUANA insiste).
¡Hablemos, Elisa!
ELISA. — (Cavilosa). No me agrada el encargo del director. Ese Ignacio tiene
algo indefinible, que me repele. ¿Tú crees en el fluido magnético?
JUANA. — Sí, mujer. ¿Quién de nosotros no? ELISA,– Muchos aseguran que eso es
falso.
JUANA. — Muchos tontos... que no están enamorados.
ELISA. — (Riendo). Tienes razón. Pero ése es el fluido bueno, y tiene que haber
otro malo.
JUANA. — ¿Cuál?
ELISA. — (Grave). El de Ignacio. Cuando estaba con nosotras me pareció percibir
una sensación de ahogo, una desazón y una molestia... Y cuando le di la mano se
acentuó terriblemente. Una mano seca, ardorosa... ¡Cargada de malas intenciones!
JUANA. — Yo no noté eso. A mí me pareció simpático. (Breve pausa). Y, sobre
todo, es un ser desgraciado. Ese chico necesita adaptarse, nada más. ¡Y no
pienses en esas tonterías del fluido maligno!
ELISA. — (Maliciosa). ¡Pues prefiero el fluido de Miguelín!
JUANA. — (Riendo). Y yo el de Carlos. Pero, calla. Se me ocurre una cosa...
(Silencio. De pronto, comienzan los altavoces lejanos a desgranar en el ambiente
el adagio del "Claro de Luna", de Beethoven, lentamente tocado).
ELISA. — ¿Eh?
JUANA– Escucha. ¡Qué hermoso! (Pausa).
ELISA. — Podemos seguir hablando, ¿no te parece?
JUANA. — Sí, sí. Te dije que callaras porque había encontrado... la solución del
problema de Ignacio.
ELISA. — ¿Sí? ¡Dime!
JUANA. — (Con dulzura). La solución para Ignacio es... una novia... Y tenemos
que encontrársela. Pensaremos juntas en todas nuestras amigas. (Pausa breve).
¿No me dices nada?
¿No lo encuentras bien?
ELISA. — Sí, pero...
JUANA. — ¡Es una Idea magnifica! ¿Ya no te acuerdas de cuando paseábamos juntas,
antes de
que Carlos y Miguelín se decidiesen? No negarás que entonces estábamos bastante
tristes... No habíamos llegado aún a la región de la alegría, como dice Carlos.
(Elisa la besa). Y ¡qué emoción cuando cambiamos las primeras confidencias!
Cuando te dije: "¡Se me ha declarado, Elisa!"
ELISA– Y yo te pregunté: "¿Cómo ha sido? ¡Anda, cuéntamelo!"
JUANA. — Sí. Y también, a una pregunta mía, me dijiste melancólicamente: "No...
Miguelín aún no me ha dicho nada... No me quiere."
ELISA. — ¡Y lo hizo al día siguiente!
JUANA. — Animado, sin duda, por el mío. Son unos granujas. Ellos también tienen
sus confidencias.
ELISA– Y después ... el primer beso...
JUANA. — (Soñadora). O antes...
ELISA. — (Estupefacta). ¿Qué? (Pero se asusta repentinamente ante las llamadas
de Miguelín, en las que palpita un tono de angustia).
MIGUELÍN. — ¡Elisa! ¡Elisa! ¡Elisa! (Aparece por la derecha).
ELISA. — (Corriendo hacia él, asustada). ¡Aquí estoy, Miguelín! ¿Por qué gritas?
MIGUELÍN. — ¡Ven!... (Cambiando súbitamente el tono por uno de broma). Que te
abrace. (Llega y lo hace, entre las risas de su novia).
ELISA. — ¡Pegajoso!
JUANA. — Hay moros en la costa, Miguelín.
MIGUELÍN. — Ya, ya lo sé. Sacándonos a los cristianos el pellejo a tiras. Pero
se acabó. Vámonos, Elisa.
JUANA. — ¿Y Carlos?
MIGUELÍN. — No tardará. Me ha dicho que le esperes aquí.
JUANA. — ¿Dónde habéis
dejado a Ignacio?
MIGUELÍN. — En mi cuarto ha quedado. Dice que está cansado y que no asistirá a
la apertura... Bueno, Elisita, que hay que coger buen sitio.
ELISA. — Sí, vámonos. ¿Te quedas, Juana?
JUANA. — Ahora vamos Carlos y yo... Guardadnos sitio.
MIGUELÍN. — Se procurará. Hasta ahora. (ELISA y MIGUELÍN se van por la
izquierda. JUANA queda sola. Pasea lentamente mientras escucha la sonata.
Suspira. Un nuevo ruido
interviene repentinamente: el inconfundible "tap– tap" de un bastón.
JUANA se
inmoviliza y escucha. Por la derecha aparece IGNACIO, que se dirige despacio al
foro).
JUANA. — ¡Ignacio! (IGNACIO se detiene). Eres Ignacio, ¿no?
IGNACIO. — Sí. Soy
Ignacio. Y tú eres Juana...
JUANA. — (Acercándose). ¿No estabas en tu cuarto?
IGNACIO. — De allí vengo...
Adiós. (Comienza a andar).
JUANA. — ¿Dónde vas?
IGNACIO. — (Frío). A mi casa. (JUANA se queda muda de asombro). Adiós. (Da unos
pasos).
JUANA. — Pero, Ignacio... ¡Si ibas a estudiar con nosotros!
IGNACIO. — (Deteniéndose). He cambiado de parecer.
JUANA. — ¿En una hora?
IGNACIO. — Es suficiente. (JUANA se acerca y le coge cariñosamente de las
solapas. Él se inmuta).
JUANA. — No te dejes llevar de ese impulso irrazonable... ¿Cómo vas a llegar a
tu casa?
IGNACIO. — (Nervioso, rehuyendo torpemente el contacto de ella). Eso es
fácil.
JUANA. — ¡Pero tu padre se llevará un disgusto grandísimo! Y ¿qué dirá don
Pablo?
IGNACIO. — (Despectivo). Don Pablo...
JUANA. — Y nosotros; todos nosotros lo sentiríamos. Te consideramos ya como un
compañero... Un buen compañero con quien pasar alegremente un curso inolvidable.
IGNACIO. — ¡Calla! Todos tenéis el acierto de crisparme. ¡Y tú también! ¡Tú, la
primera!"Alegremente" es la palabra de la casa. Estáis envenenados de alegría. Y
no era eso lo que pensaba yo encontrar aquí. Creí que encontraría... a mis
verdaderos compañeros; no a unos ilusos.
JUANA. — (Sonriendo con dulzura). Pobre Ignacio, me das pena.
IGNACIO. — Guárdate tu pena.
JUANA. — ¡No te enfades! Es muy natural lo que te pasa. Todos hemos vivido
momentos semejantes; pero eso concluye un día. (Ladina). Y yo sé el remedio.
(Breve pausa). Si me escuchas con tranquilidad te diré cuál es.
IGNACIO. — ¡Estoy tranquilo!
JUANA. — Óyeme... Tú necesitas una novia. (Pausa. IGNACIO comienza a reír
levemente). ¡Te ríes! (Risueña). ¡Pronto acerté!
IGNACIO. — (Deja de reír. Grave). Estáis envenenados de alegría. Pero sois
monótonos y tristes sin saberlo... Sobre todo las mujeres. Aquí, como ahí fuera,
os repetís lamentablemente, seáis ciegas o no. No eres la primera en sugerirme
esa solución pueril. Mis vecinitas decían lo mismo.
JUANA. — ¡Bobo! ¿No comprendes que se insinuaban?
IGNACIO. — ¡No! Ellas también estaban comprometidas... como tú. Daban el consejo
estúpido que la estúpida alegría amorosa os pone a todas en la boca. Es... como
una falsa generosidad Todas decís: ¿Por qué no te echas novia?" Pero ninguna,
con la inefable emoción del amor en la voz, ha dicho. "Te quiero." (Furioso). Ni
tú tampoco, ¿no es así? ¿O acaso lo dices? (Pausa). No necesito una novia.
¡Necesito un "te quiero" dicho con toda el alma! "Te quiero con tu tristeza y tu
angustia; para sufrir contigo y no para llevarte a ningún falso reino de la
alegría." No hay mujeres así.
JUANA. — (Vagamente dolida en su condición femenina). Acaso tú no le hayas
preguntado a ninguna mujer.
IGNACIO. — (Duro). ¿A una vidente?
JUANA. — ¿Por qué no?
IGNACIO. — ¿A una vidente? (Irónico).
JUANA. — ¡Qué más da! ¡A una mujer! (Breve pausa).
IGNACIO. — Al diablo todas y tú de capitana. Quédate con tu alegría; con tu
Carlos, muy bueno y muy sabio... y completamente tonto, porque se cree alegre. Y
como él, Miguelín, y don Pablo, y todos; ¡todos! Que no tenéis derecho a vivir,
porque os empeñáis en no sufrir; porque os negáis a enfrentaros con vuestra
tragedia, fingiendo una normalidad que no existe, procurando olvidar e incluso
aconsejando duchas de alegría para reanimar a los tristes... (Movimiento de
JUANA).
¡Crees que no lo sé! Lo adivino. Tu don Pablo tuvo la candidez de Insinuárselo a
mi padre, y éste os lo pidió descaradamente... (Sarcástico). Vosotros sois los
alumnos modelo, los leales colaboradores del profesorado en la lucha contra la
desesperación, que se agazapa por todos los rincones de la casa. (Pausa).
¡Ciegos! ¡Ciegos y no invidentes!, ¡imbéciles!
JUANA. — (Conmovida). No sé qué decirte... No quiero mentirte tampoco... Pero
respeta y agradece, al menos, nuestro buen deseo. ¡Quédate! Prueba...
IGNACIO. — No.
JUANA. — ¡Por favor! No puedes marcharte ahora; sería escandaloso. Y Yo... no
acierto con las palabras. No sé cómo podría convencerte.
IGNACIO. — No puedes convencerme.
JUANA. — (Con las manos juntas, alterada). No te vayas. Soy muy torpe, lo
comprendo... Tú aciertas a darme la sensación de mi impotencia... Si te vas,
todos sabrían que hablé contigo y no conseguí nada. ¡Quédate!
IGNACIO. — ¡Vanidosa!
JUANA. — (Condolida). No es vanidad, Ignacio. (Triste). ¿Quieres que te lo pida
de rodillas? (Breve pausa).
IGNACIO. — (Muy frío). ¿Para qué rodillas? Dicen que ese gesto causa mucha
impresión a los videntes... Pero nosotros no lo vemos. No seas tonta; no hables
de cosas que desconoces, no imites a los que viven de verdad. ¡Y ahórrame tu
desagradable debilidad, por favor! (Gran pausa). Me quedo.
JUANA. — ¡Gracias!
IGNACIO. — ¿Gracias? Hacéis mal negocio. Porque vosotros sois demasiado
pacíficos, demasiado insinceros, demasiado fríos. Pero yo estoy ardiendo por
dentro; ardiendo con un fuego terrible que no me deja vivir y que puede haceros
arder a todos... Ardiendo en esto que los videntes llaman oscuridad y que es
horroroso..., porque no sabemos lo que es. Yo voy a traer guerra y no paz.
JUANA. — No hables así. Me duele. Lo esencial es que te quedes. Estoy segura de
que será bueno para todos.
IGNACIO. — (Burlón). Torpe... y tonta. Tu opinión y tu ceguera son iguales... La
guerra que me consume os consumirá.
JUANA. — (Nuevamente afligida). No, Ignacio. No debes traernos ninguna guerra.
¿No será posible que todos vivamos en paz? No te comprendo bien. ¿Por qué sufres
tanto? ¿Qué te pasa?
¿Qué es lo que quieres? (Breve pausa).
IGNACIO. – (Con tremenda energía contenida). ¡Ver!
JUANA. — (Se separa de él y
queda sobrecogida). ¿Qué?
IGNACIO. — ¡Sí! ¡Ver! Aunque sé que es imposible, ¡ver! Aunque en este deseo se
consuma estérilmente mi vida entera, ¡quiero ver! No puedo conformarme. No
debemos conformarnos. ¡Y menos sonreír! Y resignarse con vuestra estúpida
alegría de ciegos, ¡nunca! (Pausa). Y aunque
no haya mujer ninguna de corazón que sea capaz de acompañarme en mi calvario,
marcharé sólo, negándome a vivir resignado, ¡porque quiero ver!
(Pausa. Los altavoces lejanos siguen sonando. JUANA está paralizada, con la mano
en la boca y la angustia en el semblante. Carlos irrumpe rápido por la derecha).
CARLOS. — ¡Juana! (Silencio. JUANA se vuelve hacia él instintivamente; luego,
desconcertada, se vuelve a IGNACIO, sin decidirse a hablar). ¿No estás aquí,
Juanita?... ¡Juana! (Juana no se mueve ni contesta. IGNACIO, sumido en su
amargura, tampoco. CARLOS pierde su instintiva seguridad; se siente extrañamente
solo. Ciego. Adelanta indeciso los brazos en el gesto eterno de palpar el aire,
y avanza con precaución). ¡Juana!... ¡Juana!
(Sale por la izquierda llamándola, de nuevo con voz segura y trivial).
TELÓN
ACTO II
El fumadero. Los árboles del fondo muestran ahora el esqueleto de sus ramas,
sólo aquí y allá moteadas de hojas amarillas. En el suelo de la terraza abundan
las hojas secas, que el viento trae y lleva.
(Elisa se encuentra en la terraza, recostada en el quicio de la portalada, con
el aire mustio y los cabellos alborotados por la brisa. Después de un momento,
entran por la derecha JUANA y CARLOS, del brazo. En vano intentan ocultarse el
uno al otro su tono preocupado.)
CARLOS. —Juana...
JUANA. —Dime.
CARLOS. —¿Qué te ocurre?
JUANA. —Nada.
CARLOS. —No intentes negármelo. Llevas ya algún tiempo así...
JUANA. —(Con falsa
ligereza.) ¿Así, cómo?
CARLOS. —Así como... inquieta.
(Se sienta en uno de los sillones del centro. JUANA lo hace en el sofá, a su
lado.)
JUANA. —No es nada... (Breve pausa.)
CARLOS. —Siempre nos dijimos nuestras preocupaciones... ¿No quieres darme el
placer de compartir ahora las tuyas?
JUANA. —¡Si no estoy preocupada!
(Breve pausa.)
CARLOS. —(Acariciándole una mano.) Sí. Sí lo estás. Y yo también.
JUANA. —¿Tú? ¿Tú estás preocupado? Pero, ¿por qué?
CARLOS. —Por la situación que ha creado... Ignacio. (Breve pausa.)
JUANA. —¿La crees grave?
CARLOS. —¿Y tú? (Sonriendo.) Vamos, sincérate conmigo... Siempre lo hiciste.
JUANA. —No sé qué pensar... Me considero parcialmente culpable.
CARLOS. —(Sin entonación.) ¿Culpable?
JUANA. —Sí. Ya te dije que el día de la apertura logré disuadirle de su
propósito de marcharse. Y ahora pienso que quizá hubiera sido mejor.
CARLOS. —Hubiera sido mejor; pero todavía es posible arreglar las cosas, ¿no
crees?
JUANA. —Tal vez.
CARLOS. —Ayer tuve que decirle lo mismo a don Pablo...Es sorprendente lo
afectado que está. No supo concretarme nada; pero se desahogó confiándome sus
aprehensiones... Encuentra a los muchachos más reservados, menos decididos que
antes. Los concursos de emulación en el estudio se realizan ahora mucho más
lánguidamente... Yo traté de animarle. Me causaba lástima encontrarle tan
indeciso. Lástima... y una sensación muy rara.
JUANA. —¿Una sensación muy rara? ¿Qué sensación?
CARLOS. —Casi no me atrevo a decírtelo... Es tan nueva para mí... Una sensación
como de... desprecio.
JUANA. —¡Carlos!
CARLOS. —No lo pude evitar. ¡Ah! Y también me preguntó qué le ocurría a Elisita,
y si había reñido con Miguelín. Por consideración a Miguelín no quise
explicárselo a fondo.
JUANA. —¡Pobre Elisa! Cuando estábamos en la mesa noté perfectamente que apenas
comía. (Breve pausa.) Es raro que no esté por aquí.
(ELISA no acusa estas palabras, aunque no está tan lejos como para no oírlas.
Continúa abstraída en sus pensamientos. Tampoco ellos intuyen se presencia: el
enlace parece haberse roto entre los ciegos.)
CARLOS. —Es ya tarde. Esto no tardará en llenarse, y seguramente se ha refugiado
en algún rincón solitario. (Súbitamente enardecido.) ¡Y por ella, y por todos, y
por imbécil de Miguelín también, hay que arreglar esto!
JUANA. —¿De qué modo?
CARLOS. —Ignacio nos ha demostrado que la cordialidad y dulzura son inútiles con
él. Es agrio y despegado... ¡Está enfermo! Responde a la amistad con maldad.
JUANA. —Está intranquilo; carece de paz interior...
CARLOS. —No tiene paz ni la quiere. (Pausa breve.) ¡Tendrá guerra!
JUANA. —(Levantándose, súbitamente, para pasear se agitación.) ¿Guerra?
CARLOS. —¿Qué te pasa?
JUANA. —(Desde el primer término.) Has pronunciado una palabra... tan odiosa... ¿No es mejor siempre la dulzura?
CARLOS. —No conoces a Ignacio. En el fondo es cobarde; hay que combatirle.
¡Quién nos iba a decir cuando vino que, lejos de animarle, nos desuniría a
nosotros! Porque perdemos posiciones, Juana. Posee una fuerza para el contagio
con la que no contábamos.
JUANA. — Yo pensé algún tiempo en buscarle una novia... pero no la he
encontrado. ¡Y qué gran solución sería!
CARLOS. — Tampoco. Ignacio no es hombre a quien pueda cambiar ninguna mujer.
Ahora está rodeado de compañeras, bien lo sabes… Van a él como atraídas por un
imán. Y él las desdeña.
Sólo nos queda un camino: desautorizarle ante los demás por la fuerza del
razonamiento, hacerle indeseable a los compañeros. ¡Forzarle a salir de aquí!
JUANA. — ¡Qué fracaso
para el Centro!
CARLOS. —¿Fracaso? La razón no puede fracasar, y nosotros la tenemos.
JUANA.
—(Compungida.) Sí… Pero una novia le regeneraría.
CARLOS. —(Cariñoso.) Vamos, ven aquí… ¡Ven! (Ella se acerca despacio. Él toma
sus manos.) Juanita mía, ¡me gustas tanto por tu bondad! Si fueras médico
emplearías siempre bálsamos y nunca el escalpelo. (JUANA se recuesta, sonriente,
en el sillón, y le besa.) Nos hemos quedado solos para combatir, Juana. No
desertes tú también.
(Breve pausa.)
JUANA. —¿Por qué dices eso?
CARLOS. —Por nada. Es que ahora te necesito más que nunca.
(Entran por el foro IGNACIO y los tres ESTUDIANTES. IGNACIO no ha abandonado su
bastón, pero ha acentuado su desaliño: no lleva corbata.)
ANDRÉS. —Aquí, Ignacio. (Conduciéndolo a los sillones de la izquierda.)
IGNACIO. —¿Vienen las chicas?
ALBERTO. —No se las oye.
IGNACIO. —Menos mal. Llegan a ponerse inaguantables.
ANDRÉS. —Tienes razón. El primer pitillo se fuma por eso. Lo malo es que luego
se coge el vicio. Tomad vosotros.
(Da cigarrillos a los otros. Se sientan. Cada uno enciende con su cerilla y la
tira en el cenicero. Carlos crispa las manos sobre el sillón, y JUANA se sienta
en al sofá.)
CARLOS. —(Con desgana.) Hola.
PEDRO. —Hola, Carlos. ¿Qué haces por aquí?
CARLOS. —Aquí estoy, con Juana.
(IGNACIO levanta la cabeza.)
IGNACIO. —Se está muy bien aquí. Tenemos un buen otoño.
ANDRÉS. —Aún es pronto.
El sol está dando en la terraza.
PEDRO. — Bueno, Ignacio, prosigue con tu historia.
IGNACIO. —¿Dónde estábamos?
ALBERTO. —Estábamos en que en aquel momento, tropezaste…
IGNACIO. —(Se arrellana y suspira.) Sí. Fue al bajar los escalones. Seguramente
a vosotros os ha ocurrido alguna vez. Uno cuenta y cree que han terminado.
Entonces se adelanta confiadamente el pie y se pega un gran pisotón en el suelo.
Yo lo pegué y el corazón me dio un vuelco. Apenas podía tenerme en pie; las
piernas se habían convertido en algodón, y las muchachas se estaban riendo a
carcajadas. Era una risa limpia y sin malicia; pero a mí me traspasó. Y sentí
que me ardía el rostro. Las muchachas trataban de cortar sus risas; no podían, y
volvían a empezar. ¿Habéis notado que muchas veces las mujeres no pueden dejar
de reír? Se ponen tan nerviosas, que les es imposible... Yo estaba a punto de
llorar. ¡Sólo tenía quince años! Entonces me senté en un escalón y me puse a
pensar. Intenté comprender por primera vez por qué estaba ciego y por qué tenía
Que haber ciegos. ¡Es abominable que la mayoría de las personas, sin valer más
que nosotros, gocen, sin mérito alguno, de un poder misterioso que emana de sus
ojos y con el que pueden abrazarnos y clavarnos el cuerpo sin que podamos
evitarlo! Se nos ha negado ese poder de aprehensión de las cosas a distancia, y
estamos por debajo, ¡sin motivo!, de los que viven ahí fuera. Aquella vieja
cantinela de los ciegos que se situaban por las esquinas en tiempo de nuestros padres, cuando decía para
limosnear: “No hay prenda como la vista”, no armoniza bien tal vez con nuestra
tranquila vida de estudiantes; pero yo la creo mucho más sincera y más valiosa.
Ellos no incurrían en la tontería de creerse normales.
(A medida que Carlos escuchaba a IGNACIO, su expresión de ira reprimida se ha
acentuado. JUANA ha reflejado en su rostro una extraña identificación con las
incidencias del relato.)
ANDRÉS. —(Reservado.) Acaso tengas razón... Yo también he pensado mucho en estas
cosas. Y creo que en la ceguera no sólo carecemos de un poder a distancia, sino
de un placer también. Un placer maravilloso, seguramente. ¿Cómo supones tú que
será?
(MIGUELÍN, que no ha perdido del todo su aire jovial, desemboca en la terraza
por la izquierda. Pasa junto a ELISA, sin sentirla -ella se mueve con ligera
aprensión—, y llega al interior a tiempo de escuchar las palabras de IGNACIO.)
IGNACIO. —(Accionando para él solo con sus manos llenas de anhelo y violencia,
subraya inconscientemente la calidad táctil que sus presunciones ofrecen.)
Pienso que es como si por los ojos entrase continuamente un cosquilleo que fuese
removiendo nuestros nervios y nuestras vísceras... y haciéndonos sentir más
tranquilos y mejores.
ANDRÉS. —(Con un suspiro.) Así debe ser.
MIGUEL. —¡Hola, chicos!
(Desde la terraza, ELISA levanta la cabeza, lleva las manos al pecho y se
empieza a acercar.)
PEDRO. —Hola, Miguelín.
ANDRÉS. —Llegas a tiempo para decirnos cómo crees tú que es el placer de ver.
MIGUEL. —¡Ah! Pues de un modo muy distinto a como lo ha explicado Ignacio. Pero
nada de eso importa, porque a mí se me ha ocurrido hoy una idea genial —¡no os
riáis!—, y es la siguiente: nosotros no vemos. Bien. ¿Concebimos la vista? No.
luego la vista es inconcebible. Luego los videntes no ven tampoco.
(Salvo IGNACIO, el grupo ríe a carcajadas.)
PEDRO. —¿Pues qué hacen, si no ven?
MIGUEL. —No os riáis, idiotas. ¿Qué hacen? Padecen una alucinación colectiva.
¡La locura de la visión! Los únicos seres normales en este mundo de locos somos
nosotros.
(Estallan otra vez las risas. MIGUELÍN ríe también. ELISA sufre.)
IGNACIO. —(Cuya voz profunda y melancólica acalla las risas de los otras.)
Miguelín ha
encontrado una solución, pero absurda. Nos permitiría vivir tranquilos si no
supiésemos demasiado bien que la vista existe. (Suspira.) Por eso tu hallazgo no
nos sirve.
MIGUEL. —(Con repentina melancolía en la voz.) Pero ¿Verdad que es gracioso?
IGNACIO. —(Sonriente.) Sí. Tú has sabido ocultar entre risas, como siempre, lo
irreparable de tu desgracia.
(La seriedad de MIGUELÍN aumenta.)
ELISA. —(Que no puede más.) ¡Miguelín!
JUANA. —¡Elisa!
MIGUEL. —(Trivial.) ¡Caramba, Juana! ¿Estabas aquí? ¡Y Carlos?
CARLOS. —Aquí estoy también. Y si me lo permitís (apretando sobre el sillón la
mano de JUANA en muda advertencia.), me sentaré con vosotros.
(Se sienta a la izquierda del grupo.)
ELISA. —¡Miguelín, escucha! ¡Vamos a pasear al campo de deportes! ¡Se está muy
bien ahora!
¿Quieres?
MIGUEL. —(Despegado.) Elisita, si acabo de llegar de allí precisamente. Y está
es una conversación muy interesante. ¿Por qué no te sientas con Juana?
JUANA. —Ven conmigo, Elisa. Aquí tienes un sillón.
(ELISA suspira y no dice nada. Se sienta junto a JUANA, quien la mima y la
conforta en su desaliento hasta que el interés de la conversación entre IGNACIO
y CARLOS absorbe a las dos.)
ALBERTO. —¿Nos escuchabas, Carlos?
CARLOS. —Sí, Alberto. Todo era muy
interesante.
ANDRÉS. —¿Y qué opinas tú de ello?
CARLOS. —(Con tono mesurado.) No entiendo bien algunas cosas. Sabéis que soy un hombre práctico. ¿A qué fin razonable os llevaban vuestras palabras?
Eso es lo que no comprendo. Sobre todo cuando no encuentro en ellas otra cosa
que inquietad y tristeza.
MIGUEL. —¡Alto! También había risas... (De nuevo con involuntaria melancolía.)
provocadas por la irreparable desgracia de este humilde servidor.
(Risas.)
CARLOS. —(Con tono de creciente decisión.) Siento decirte, Miguelín, que a veces
no eres nada divertido. Pero dejemos eso. (Vibrante.) A ti, Ignacio (Este se
estremece ante el tono de CARLOS), a ti es a quien quiero preguntar algo:
¿Quieres decir con lo que nos has dicho que los invidentes formamos un mundo
aparte de los videntes?
IGNACIO. —(Que parece asustado, carraspea.) Pues... yo he querido decir...
CARLOS. —(Tajante.) No, por favor. ¿Lo has querido decir, sí o no?
IGNACIO. —Pues... sí. Un mundo aparte… y más desgraciado.
CARLOS. —¡Pues no es cierto! Nuestro mundo y el de ellos es el mismo. ¿Acaso no
estudiamos como ellos? ¿Es que no somos socialmente útiles como ellos? ¿No
tenemos también nuestras distracciones? ¿No hacemos deporte? (Pausa breve.) ¿No
amamos, no nos casamos?
IGNACIO. —(Suave.) ¿No vemos?
CARLOS. —¡No, no vemos! Pero ellos son mancos, cojos, están enfermos de los
nervios, del corazón o del riñón; se mueren a los veinte años de tuberculosis o
les asesinan en las guerras… O se mueren de hambre.
ALBERTO. —Eso es cierto.
CARLOS. —¡Claro que es cierto! La desgracia está muy repartida entre los
hombres; pero nosotros no formamos rancho aparte en el mundo. ¿Quieres una
prueba definitiva? Los matrimonios entre nosotros y los videntes. Hoy son
muchos’ mañana serán la regla…Hace tiempo que habríamos conseguido mejores resultados si nos hubiésemos atrevido a
pensar así en lugar de salmodiar lloronamente el “no hay prenda como la vista”,
de que hablabas antes. (Severo, a los otros.) Y me extraña mucho que vosotros,
viejos ya en la institución, podréis dudarlo ni por un momento. (Pausa breve.)
Se comprende que duda Ignacio… No sabe aún lo grande, lo libre y hermosa que es
nuestra vida. No ha adquirido confianza; tiene miedo, a dejar su bastón... ¡Sois vosotros quienes debéis ayudarle a confiar!
(Pausa.)
ANDRÉS. —¿Qué dices a eso, Ignacio?
IGNACIO. — Las razones de Carlos son muy débiles. Pero esta conversación parece
un pugilato. ¿No sería mejor dejarla? Yo te estimo, Carlos, y no quisiera...
PEDRO. —No, no. Debes contestarle.
IGNACIO. —Es que...
CARLOS. —(Burlón, creyendo vencer.) No te preocupes, hombre. Contéstame. No hay
nada más molesto que un problema a medio resolver.
IGNACIO. —Olvidas que, por desgracia, los grandes problemas no pueden
resolverse.
(Se levanta y sale del grupo.)
ANDRÉS. —¡No te marches!
CARLOS. —(Con aparente benevolencia.) Déjale, Andrés... Es comprensible. No
tiene todavía seguridad en sí mismo...
IGNACIO. —(Junto al velador de la derecha.) Y por eso necesito mi bastón, ¿no?
CARLOS. —Tú mismo lo dices...
IGNACIO. — (Cogiendo sin ruido el cenicero que hay sobre el velador y
metiéndoselo en el bolsillo de la chaqueta.) Todos lo necesitamos para no
tropezar.
CARLOS. —¡Lo que te hace tropezar es el miedo, el desánimo! Llevarás bastón toda
tu vida y tropezarás toda la vida. ¡Atrévete a ser como nosotros! ¡Nosotros no
tropezamos!
IGNACIO. —Muy seguro estás de ti mismo. Tal vez algún día tropieces y te hagas
mucho daño… Acaso más pronto de lo que crees. (Pausa.) Por lo demás, no pensaba
marcharme. Deseo contestarte, pero permitidme todos que lo haga paseando... Así
me parece que razono mejor. (Ha tomado por su tallo el velador y marcha,
marcando bien los golpes del bastón, al centro de la escena. Allí lo coloca
suavemente, sin el mejor ruido.) Tú, Carlos, pareces querer decirnos que hay que
atreverse a confiar, que la vida es la misma para nosotros y para los
videntes...
CARLOS. —Cabalmente.
IGNACIO. —Confías demasiado. Tu seguridad es ilusoria... No resistiría el
tropiezo más pequeño. Te ríes de mi bastón, pero mi bastón me permite pasear por
aquí, como hago ahora, sin miedo a los obstáculos.
(Se dirige al primer término derecho y se vuelve. El velador se encuentra
exactamente en la línea que le une con Carlos.)
CARLOS. —(Riendo.) ¿Qué obstáculos? ¡Aquí no hay obstáculos! ¿te das cuenta de
tu cobardía? Si usases sin temor de tu conocimiento del sitio, como hacemos
nosotros, tirarías ese palo.
IGNACIO. —No quiero tropezar.
CARLOS. —(Exaltado.) ¡Si no puedes tropezar! Aquí todo está previsto. No hay un
solo rincón de la casa que no conozcamos. El bastón está muy bien para la calle,
pero aquí...
IGNACIO. —Aquí también es necesario. ¿Cómo podemos saber nosotros, pobres
ciegos, lo que nos acecha alrededor?
CARLOS. —¡No somos pobres! ¡Y lo sabemos perfectamente! (IGNACIO ríe sin
rebozo.) ¡No te ríes!
IGNACIO. — Perdona, pero... me resulta tan pueril tu optimismo... Por ejemplo,
si yo te pidiera que te levantases y vinieses muy aprisa a donde me encuentro,
¿quieres hacernos creer que lo harías sin miedo...?
CARLOS. — (Levantándose de golpe) ¡Naturalmente! ¿Quieres que lo haga? (Pausa.)
IGNACIO. — (Grave.) Sí, por favor. Muy deprisa, no lo olvides.
CARLOS. — ¡Ahora mismo!
(Todos los ciegos adelantan la cabeza, en escucha. CARLOS da unos pasos rápidos,
pero de pronto la desconfianza crispa su cara y disminuye la marcha, extendiendo
los brazos. No tarda en palpar el velador, y una expresión de odio brutal le
invade.)
IGNACIO. — Vienes muy despacio.
CARLOS. — (Que, bordeando el velador, ha avanzado con los puños cerrados hasta
enfrentarse con IGNACIO.) No lo creas, ya estoy aquí.
IGNACIO. — Has vacilado.
CARLOS. — ¡Nada de eso! Vine seguro de convencerte de lo vano de tus miedos.
Y... te habrás persuadido... de que no hay obstáculos por en medio.
IGNACIO. — (Triunfante) Pero te dio miedo. ¡No lo niegues! (A los demás) Le dio
miedo. ¿No le oísteis vacilar y pararse?
MIGUEL. — Hay que reconocerlo, Carlos. Todos lo advertimos.
CARLOS. — (Rojo.) ¡Pero no lo hice por miedo! Lo hice porque de pronto
comprendí...
IGNACIO. — ¡Qué! ¿Acaso que podía haber obstáculos? Pues si no
llamas a eso miedo, llámalo como quieras.
MIGUEL. — ¡Un tanto para Ignacio!
CARLOS. — (Dominándose) Es cierto. No fue miedo, pero hubo una causa que... que
no puedo explicar. Esta prueba es nula.
IGNACIO. — (Benévolo) No tengo inconveniente en concedértelo. (Mientras habla se
encamina al grupo para sentarse de nuevo.) Pero aún he de contestar a tus
argumentos... Estudiamos, sí; (A todos.) la décima parte de las cosas que
estudian los videntes. Hacemos deportes..., menos nueve décimas partes de ellos.
(Se ha sentado plácidamente. CARLOS, que permanece inmóvil en el primer término,
cruza los brazos tensos para contenerse.) Y en cuanto al amor...
ALBERTO. — Eso no podrás negarlo.
IGNACIO. — El amor es algo maravilloso. El amor, por ejemplo, entre Carlos y
Juana. (JUANA, que ha seguido angustiada las peripecias de la disputa, se
sobresalta) ¡Pero esa maravilla no pasa de ser una triste parodia del amor entre
los videntes! Porque ellos poseen al ser amado por entero. Son capaces de
englobarle en una mirada. Nosotros poseemos... a pedazos. Una caricia, el
arrullo momentáneo de la voz... En realidad no nos amamos. Nos compadecemos y
tratamos de disfrazar esa triste piedad con alegres tonterías, llamándola amor.
Creo que sabría mejor si no la disfrazásemos.
MIGUEL. — ¡Segundo tanto para Ignacio!
CARLOS. — (Conteniéndose.) Me parece que has olvidado contestar a algo muy
importante...
IGNACIO. — Puede ser.
CARLOS. — Los matrimonios entre videntes e invidentes, ¿no prueban que nuestro
mundo y el de ellos es el mismo? ¿No son una prueba de que el amor que sentimos
y hacemos sentir no es una parodia?
IGNACIO. — ¡Pura compasión, como los otros!
CARLOS. — ¿Te atreverías a asegurar que don Pablo y doña Pepita no se han amado?
IGNACIO. — ¡Ja, ja, ja! Yo no quisiera que mis palabras se interpretasen mal por
alguien...
ANDRÉS. — Todos te prometemos discreción.
(DOÑA PEPITA avanza por la derecha de la terraza hacia la portalada, mirándolos
tras los cristales. Al oír su nombre se detiene.)
IGNACIO. — La región del optimismo donde Carlos sueña no le deja apreciar la
realidad. (A CARLOS.) Por eso no te has enterado de un detalle muy significativo
que todos sabemos por las visitas. Muy significativo. Doña Pepita y don Pablo se
casaron porque don Pablo necesitaba un bastón; (Golpea el suelo con el suyo.)
pero, sobre todo, (Se detiene.) por una de esas cosas que
los ciegos no comprendemos, pero que son tan importantes para los videntes.
Porque... ¡doña Pepita es muy fea!
(Un silencio. Poco a poco, la idea les complace. Ríen hasta estallar en grandes
carcajadas. CARLOS, violento, no sabe qué decir.)
MIGUEL. — ¡Tercer tanto para Ignacio!
(Arrecian las carcajadas. CARLOS se retuerce las manos. JUANA ha apoyado la
cabeza en las manos y está ensimismada. DOÑA PEPITA, que inclinó la cabeza con
tristeza, se sobrepone e interviene.)
DOÑA PEPITA. —(Cordial.) ¡Buenas tardes, hijitos! Les encuentro muy alegres (A
su voz, las risas cesan de repente.) Algún chiste de Miguelín, probablemente...
¿No es eso?
(Todos se levantan, conteniendo algunos la risa de nuevo.)
MIGUEL. —Lo acertó usted, doña Pepita.
DOÑA PEPITA. —Pues le voy a reñir por hacerles perder el tiempo de ese modo.
Van a dar las tres y aún no han ido a ensayar al campo... ¿A qué altura van a
dejar el nombre del centro en el concurso de patín? ¡Vamos! ¡Al campo todo el
mundo!
MIGUEL. —Usted perdone.
DOÑA PEPITA. —Perdonado. Pórtese bien ahora en la pista. Y ustedes, señoritas,
vengan conmigo a la terraza a tomar el aire.
(Los estudiantes van desfilando hacia la terraza y desaparecen por la izquierda,
entre risas reprimidas. CARLOS, IGNACIO, JUANA, y ELISA permanecen. DOÑA PEPITA
se dirige entonces a CARLOS con especial ternura. El estudiante es para ella el
alumno predilecto de la casa. Tal vez el hijo de carne que no llegó a tener con
DON PABLO… Acaso esté un poco enamorada de él sin saberlo.)
CARLOS. —Ahora voy, doña Pepita. En cuanto termine un asuntillo con Ignacio.
DOÑA PEPITA. —Y usted, ¿no quiere patinar, Ignacio? ¿Cuándo se decide a dejar el
bastón?
IGNACIO. — No me atrevo, doña Pepita. Además, ¿para qué?
DOÑA PEPITA. —Pues, hijo, ¿no ve a sus compañeros cómo van y vienen sin él?
IGNACIO. —No, señora. Yo no veo nada.
DOÑA PEPITA. —(Seca.) Claro que no. Perdone. Es una forma de hablar... ¿Vamos,
señoritas?
JUANA. —Cuando guste.
DOÑA PEPITA. —(Enlazando por el talle a las dos muchachas.) Ahí se quedan
ustedes. (Afectuosa.) No te olvide a don Pablo, Carlos.
CARLOS. —Descuide. Voy en seguida.
(DOÑA PEPITA y las muchachas avanzan hacia la barandilla, donde se recuestan.
DOÑA PEPITA acciona vivamente, explicando a las ciegas las incidencias del
patinaje. IGNACIO vuelve a sentarse. Una pausa.)
IGNACIO. —Tú dirás.
(CARLOS no dice nada. Se acerca al velador y lo coge para devolverlo, con
ostensible ruido, a su primitivo lugar. Después se enfrenta con IGNACIO.)
CARLOS. —(Seco.) ¿Dónde has dejado el cenicero?
IGNACIO. —(Sonriendo.) ¡Ah, sí!
Se me olvidaba. Tómalo.
(Se lo alarga. Carlos palpa en el vacío y lo atrapa bruscamente.)
CARLOS. —¡No sé si te das cuenta de que estoy a punto de agredirte!
IGNACIO. —No
tendrías más razón aunque lo hicieras.
(CARLOS se contiene. Después va a dejar el cenicero en su sitio, con un sonoro
golpe, y vuelve al lado de IGNACIO.)
CARLOS. —(Resollando.) Escucha, Ignacio. Hablemos lealmente. Y con la mayor
voluntad de entendernos.
IGNACIO. —Creo entenderte muy bien.
CARLOS. —Me refiero a entendernos en la práctica.
IGNACIO. —No es muy fácil.
CARLOS. —De acuerdo. Pero, ¿no lo crees necesario?
IGNACIO. —¿Por qué?
CARLOS. —(Con impaciencia reprimida.) Procuraré explicarme. Ya que no pareces
inclinado a abandonar tu pesimismo, para mí merece todos los respetos. ¡Pero
encuentro improcedente que intentes contagiar a los demás! ¿Qué derecho tienes a
eso?
IGNACIO. —No intento nada. Me limito a ser sincero, y ese contagio de que me
hablas no es más que el despertar de la sinceridad de cada cual. Me parece muy
conveniente, porque aquí había muy poca. ¿Quieres decirme, en cambio, qué
derecho te asiste para recordar constantemente la alegría. ¿El optimismo y todas
esas zarandajas?
CARLOS. —Ignacio, sabes que son cosas muy distintas. Mis palabras pueden servir
para que nuestros compañeros consigan una vida relativamente feliz. Las tuyas no
lograrán más que destruir; llevarlos a la desesperación, hacerles abandonar sus
estudios.
(DOÑA PEPITA interpela desde la terraza a los que patinan en el campo. IGNACIO y
CARLOS se interrumpen y escuchen.)
DOÑA PEPITA. —¡Se ha caído usted ya dos veces, Miguelín! Eso está muy mal. ¿Y a
usted, Andrés, qué le pasa? ¿Por qué no se lanza?... Vaya. Otro que se cae.
Están ustedes cada día más inseguros.
CARLOS. —¿Lo oyes?
IGNACIO. —¿Y qué?
CARLOS. —¡Que tú eres el culpable!
IGNACIO. —¿Yo?
CARLOS. —¡Tú, Ignacio! Y yo te invito, amistosamente, a reflexionar... y a
colaborar para mantener limpio el Centro de problemas y de ruina. Creo que a
todos nos interesa.
IGNACIO. —¡A mí no me interesa! Este Centro está fundado sobre una mentira.
(DOÑA PEPITA, con las manos en los hombros de las ciegas, las besa cariñosamente
y se va por la derecha de la terraza. JUANA y ELISA se enlazan.)
CARLOS. —¿Qué mentira?
IGNACIO. —La de que somos seres normales.
CARLOS. — ¡Ahora no discutiremos eso!
IGNACIO. —(Levantándose.) ¡No discutiremos nada! No hay acuerdo posible entre tú
y yo. Hablaré lo que quiera y no renunciaré a ninguna conquista que se me ponga
en el camino. ¡A ninguna!
CARLOS. —(Engarfia las manos, Se contiene.) Está bien. Adiós.
(Se va rápidamente por la derecha. IGNACIO queda solo. Silba melancólicamente
unas notas del adagio del “Claro de luna”. A poco, apoya las manos en el bastón y reclina
la cabeza. Breve pausa. LOLITA entra por la terraza. A poco, entra por la
derecha ESPERANZA, y la faz de cada una se ilumina al sentir los pasos de la
otra. Avanzan hasta encontrarse y, casi a un tiempo, exclaman:)
LOLITA. —¡Ignacio!
ESPERANZA. —¡Ignacio!
(Este se inmoviliza y no responde. Ellas ríen con alguna vergüenza,
defraudadas.)
LOLITA. — Tampoco está aquí.
ESPERANZA. — (Triste.) Nos evita.
LOLITA. —¿Tú
crees?
ESPERANZA. —Habla con nosotros por condescendencia..., pero nos desprecia. Sabe
que no le entendemos.
LOLITA. —¡Quién sabe! Es tan hermético... Tal vez haya una mujer.
ESPERANZA. —
Vamos a buscar en el salón.
LOLITA. — Vamos.
(Salen por la izquierda, llamándolo. Pausa. JUANA y ELISA discutían algo en la
terraza. ELISA está muy alterada; intenta desprenderse de JUANA para entrar en
el fumadero y ésta trata de retenerla.)
ELISA. —(Todavía en la terraza.) ¡Déjame! Estoy ya harta de Ignacio. (Se separa
y cruza la portalada, mientras IGNACIO levanta la cabeza.)
JUANA. —(Tras ella.) Vamos, tranquilízate. Siéntate aquí.
ELISA. — ¡No quiero!
JUANA. —Siéntate…
(La sienta cariñosamente en el sofá y se acomoda a su lado.)
ELISA. — ¡Le odio! ¡Le odio!
JUANA. —Un momento, Elisita. (Alzando la voz.) ¿Hay alguien aquí?
(IGNACIO no contesta. JUANA coge una mano de su amiga.)
ELISA. —¡Cómo le odio!
JUANA. —No es bueno odiar...
ELISA. —Me ha quitado a Miguelín y nos quitará la paz a todos. ¡Mi Miguelín!
JUANA. — Volverá. No lo dudes. Él te quiere. ¡Si, en realidad, no ha pasado
nada! Un poco indiferente tal vez, estos días..., porque Miguelín fue siempre
una veleta para las novedades. Ignacio es para él una distracción pasajera. ¡Y,
en fin de cuentas, es un hombre! Si tuvieras que sufrir alguna veleidad de
Miguelín con otra chica... Y aun eso no significaría que hubiera dejado de
quererte.
ELISA. —¡Preferiría que me engañase con otra chica!
JUANA. —¡Qué dices, mujer!
ELISA. — Sí. Esto es peor. Ese hombre le ha sorbido el seso y yo no tengo ya
lugar en sus pensamientos.
JUANA. —Creo que exageras.
ELISA. —No... Pero, oye: ¿no hay nadie aquí?
JUANA. —No.
ELISA. —Me parecía... (Pausa. Volviendo a su tono de exaltación.) Te lo dije el
primer día, Juanita. Ese hombre está cargado de maldad. ¡Cómo lo adiviné! ¡Y esa
afectación de Cristo martirizado que emplea para ganar adeptos! Los hombres son
imbéciles. Y Miguelín, el más tonto de todos. ¡Pero yo le quiero! (Llora en
silencio.)
JUANA. — Te oigo, Elisa. No llores...
ELISA. —(Levantándose para pasear su angustia.) ¡Es que le quiero, Juana!
JUANA. — Lo que Miguelín necesita es un poco de indiferencia por tu parte. No le
persigas tanto.
ELISA. — Ya sé que me pongo en ridículo. No lo puedo remediar.
(Se para junto a IGNACIO, que no respira, y seca sus ojos por última vez para
guardar el pañuelo.)
JUANA. — ¡Inténtalo! Así, volverá.
ELISA. —¿Cómo voy a intentarlo con ese hombre entre nosotros? Su presencia me
anula... ¡Ah, con qué gusto le abofetearía! ¡Quisiera saber qué se propone!
(Engarfia las manos en el aire. Mas, de pronto, comienza a volverse lentamente
hacia IGNACIO, sin darse cuenta todavía de que siente su presencia.)
JUANA. — No se propone nada. Sufre..., y nosotros no sabemos curar el
sufrimiento. En el fondo es digno de compasión.
(Las palabras de JUANA hacen volver otra vez la cabeza a ELISA. No ha llegado a
sospechar nada.)
ELISA. —(Avanzando hacia JUANA.) Le compadeces demasiado. Es un egoísta. ¡Que
sufra solo y no haga sufrir a los demás!
JUANA. — (Sonriente.) Anda, siéntate y no te alteres. (Se levanta y va hacia
ella.) Acusas a Ignacio de egoísta. ¿Y qué va a hacer, si sufre? También
convendría menos egoísmo por nuestra parte. Hay que ser caritativos con las
flaquezas ajenas y aliviarlas con nuestra dulzura…
(Breve pausa.)
ELISA. —(De pronto, exaltada, oprimiendo los brazos de JUANA.) ¡No, no, Juana!
¡Eso, no!
JUANA. —(Alarmada.) ¿Qué?
ELISA. —¡Eso no querida mía! ¡Eso no!
JUANA. —¡Pero, habla! No, ¿el qué?
ELISA. —¡Tu simpatía por Ignacio!
JUANA. —(Molesta.) ¿Qué dices?
ELISA. —¡Prométeme ser fuerte! ¡Por amor a Carlos, prométemelo! (Zarandeándola.)
¡Prométemelo, Juana!
JUANA. —(Fría.) No digas tonterías. Yo quiero a Carlos y no pasará nada. No sé
qué piensas que puede ocurrir.
ELISA. — ¡Todo! ¡Todo puede ocurrir! ¡Ese hombre me ha quitado a Miguelín y tú
estás un peligro! ¡Prométeme evitarlo! ¡Por Carlos, prométemelo!
JUANA. — (Muy alterada.) ¡Elisa, cállate inmediatamente! ¡No te consiento...!
(Se separa de ella con brusquedad. Pausa.)
ELISA. —(Lenta, separándose.) ¡Ah! ¡Soy tu mejor amiga y no me consientes!
¡También ha hecho presa en ti! ¡Estás en manos de ese hombre y no te das cuenta!
JUANA. —¡Elisa!
ELISA. —¡Me das lástima! ¡Y me da lástima Carlos, porque va a sufrir como yo
sufro!
JUANA. —(Gritando.) ¡Elisa! ¡O callas, o...!
(Va hacia ella.)
ELISA. —¡Déjame! ¡Déjame sola con mi pena! Es inútil luchar. ¡Es más fuerte que
todos! ¡Nos lo está quitando todo! ¡Hasta nuestra amistad! ¡No te reconozco!...
¡No te reconozco!...
(Se va, llorando, por el foro. JUANA, agitada y dolida, vacila en seguirla.
IGNACIO se levanta.)
IGNACIO. —Juana. (Ella ahoga un grito y se vuelve hacia IGNACIO. Él llega.)
Estaba aquí y os he oído. ¡Pobre Elisa! No le guardo rencor.
JUANA. —(Tratando de reprimir su temblor.) ¿Por qué no avisaste?
IGNACIO. — No me arrepiento. ¡Juana! (Le coge una mano.) Me has dado mi primer
momento de felicidad. ¡Gracias! ¡Si supieras qué hermoso es sentirse
comprendido! ¡Qué bien has adivinado en mí! Tienes razón. Sufro mucho. Y ese
sufrimiento me lleva...
JUANA. — Ignacio… ¿Por qué no intentas reprimirte? Yo sé muy bien que no deseas
el mal, pero lo estás haciendo.
IGNACIO— No puedo contenerme. No puedo dejar en la mentira a la gente cuando me
pregunta... ¡Me horroriza el engaño en que viven!
JUANA. — ¡Guerra nos has traído y no paz!
IGNACIO. — Te lo dije... (Insinuante.) En este mismo sitio. Y estoy venciendo...
Recuerda que tú lo quisiste. (Breve pausa.)
JUANA. —¡Y si yo te pidiera ahora, por tu bien, por el mío y el de todos, que te
marcharas?
IGNACIO. —(Lento.) ¿Lo quieres de verdad?
JUANA. —(Con voz muy débil.) Te lo ruego.
IGNACIO. — No. No lo quieres. Tú quieres aliviar mi pena con tu dulzura... ¡Y
vas a dármela!
¡Tú me la darás! Tú, que me has comprendido y defendido. ¡Te quiero, Juana!
JUANA. — ¡Calla!
IGNACIO. — Te quiero a ti, y no a ninguna de esas otras. Te quiero a ti y no a
ninguna de esas otras. ¡A ti y desde el primer día! Te quiero por tu bondad, por
tu encanto, por la ternura de tu voz, por la suavidad de tus manos...
(Transición.) Te quiero y te necesito. Tú lo sabes.
JUANA. —¡Por favor! ¡No debes hablar así! Olvidas que Carlos...
IGNACIO. —(Irónico.) ¿Carlos? Carlos es un tonto que te dejaría por una vidente.
Él cree que nuestro mundo y el de ellos es el mismo... Él querría otra doña
Pepita. Otra fea doña Pepita que mirase por él... Desearía una mujer completa,
ya ti te tiene como un mal menor. (Transición.)
¡Pero yo no quiero una mujer, sino una ciega! ¡Una ciega de mi mundo de ciegos,
que comprenda!... Tú. Porque tú sólo puedes amar a un ciego verdadero, no un
pobre iluso que se cree normal. ¡Es a mí a quien amas! No te atreves a
decírmelo... Serías la excepción. No te atreves a decir “te quiero”. Pero yo lo
diré por ti. Sí, me quieres; lo estás adivinando ahora mismo. Lo delata la
emoción de tu voz. ¡Me quieres con mi angustia y mi tristeza, para sufrir conmigo de cara a la verdad y de espaldas a todas las mentiras que pretenden
enmascarar nuestra desgracia! ¡Porque eres fuerte para eso y porque eres buena!
(La abraza apasionadamente.)
JUANA. —(Sofocada.) ¡No!
(IGNACIO le sella la boca con un beso prolongado. JUANA apenas resiste. Por la
derecha han entrado DON PABLO y CARLOS. Se detienen, sorprendidos.)
DON PABLO. —¿Eh?
(IGNACIO se separa bruscamente, sin soltar a JUANA. Los dos escuchan,
agitadísimos.)
CARLOS. — Ha sonado un beso . . . (JUANA se retuerce las manos.)
DON PABLO. — (Jovial.) ¡Qué falta de formalidad! ¿Quiénes son los tortolitos que
se arrullan por aquí? ¡Tendré que amonestarlos! (Nadie responde. Demudada, JUANA
vacila en romper a hablar. IGNACIO le aprieta con fuerza el brazo.) ¿No
contestáis?
(Ignacio, con el bastón levantado del suelo, conduce rápidamente a Juana hacia
la portalada. Sus pasos no titubean; todo él parece estar poseído de una nueva y
triunfante seguridad. Ella
levanta y baja la cabeza, llena de congoja. Convulsa y medio arrastrada, casi
corriendo, se la ve pasar tras IGNACIO, que no la suelta, a través de la
cristalera del foro.)
DON PABLO. —(Jocosamente.) ¡Se han marchado! Les dio vergüenza.
CARLOS.
—(Serio.) Sí.
TELÓN
ACTO III
Saloncito en la Residencia. Amplio ventanal al fondo, con la cortina descorrida,
tras el que resplandece la noche estrellada. Haciendo chaflán H a la derecha,
cortina que oculta una puerta. En el chaflán de la izquierda, un espléndido
aparato de radio. En lugar apropiado, estantería con juegos diversos y libros
para ciegos. Algún cacharro con flores. En el primer término izquierdo, puerta
con su cortina. En el primer término y hacia la derecha, velador de ajedrez con
las fichas colocadas, y dos sillas. Bajo el ventanal y hacia el centro de la
escena, sofá. Cerca de la radio, una mesa con una lámpara portátil apagada.
Sillones, veladores. Encendida la luz central.
(ELISA, sentada a la derecha del sofá, llora amargamente. CARLOS está sentado
junto al ajedrez, jugando consigo mismo una partida, con la que intenta distraer
su preocupación. Lleva la camisa desabrochada y la corbata floja.)
ELISA. — ¡Somos muy desgraciados, Carlos! ¡Muy desgraciados! ¿Por qué nos
enamoraremos? Quisiera saberlo. (Breve pausa.) Ahora comprendo que no me quería.
CARLOS. — Te quería y te quiere. Es Ignacio el culpable de todo. Miguelín es muy
joven. Sólo tiene diecisiete años y...
ELISA. — ¿Verdad? Si yo misma quiero convencerme de que Miguelín volverá...
¡Pero dudo, Carlos, dudo horriblemente! (Llora de nuevo. Se calma.) ¡Qué egoísta
soy! También tú sufres, y yo no reparo en hacerte mi paño de lágrimas. (Se
levanta para ir a su lado.)
CARLOS. — Yo no sufro.
ELISA. — Sí sufres, sí... Sufres por Juana. (Movimiento de CARLOS.) ¡Por esa
grandísima coqueta!
CARLOS. — ¡Ojalá fuera coquetería!
ELISA. —¿Y dices que no sufres? (CARLOS oculta la cabeza entre las manos.)
¡Pobre! Ignacio nos ha destrozado a los dos.
CARLOS. — A mí no me ha destrozado nadie.
ELISA. —No finjas conmigo... Comprendo muy bien tu pena, porque es como la mía.
Te destroza el abandono de Juana y te duele aún más, como a mí, la falta de una
explicación definitiva... ¡Es espantoso! Parece que nada ha pasado, y los dos
sabemos en nuestro corazón que todo se ha perdido.
CARLOS. — (Con ímpetu.) ¡No se ha perdido nada! ¡No puede perderse nada! Me
niego a sufrir.
ELISA. — ¡Me asustas!
CARLOS. — Sí. Me niego a sufrir. Dices que soy desgraciado? ¡Es mentira! ¿Que
sufro por Juana? No puedo sufrir por ella porque no ha dejado de quererme.
¿Entiendes? ¡No ha dejado de quererme! Tiene que ser así y es así.
ELISA. — (Compadecida.) ¡Pobre!... ¡Que dolor el tuyo..., y sin lágrimas!
¡Llora, llora como yo!
¡Desahógate!
CARLOS. — (Tenaz.) Me niego a llorar. ¡Llora tú si quieres! Pero harás mal.
Tampoco tienes motivo. ¡No debes tenerlo! Miguelín te quiere y volverá a ti.
Juana no ha dejado de quererme.
ELISA. — Me explico tu falta de valor para
reconocer los hechos... Yo también he querido—¡y aún quiero a veces!— engañarme,
pero...
CARLOS. —(En el colmo de la desesperación.) Pero ¿no comprendes que no podemos
dejarnos vencer por Ignacio? ¡Si sufrimos por su culpa, ese sufrimiento será
para él una victoria! Y no debemos darle ninguna. ¡Ninguna!
ELISA. —(Asustada.) Pero en la intimidad podemos alguna vez compadecernos
mutuamente...
CARLOS. — Ni en la intimidad siquiera.
(Pausa. Poco a foco, inclina de nuevo la cabeza. JUANA entra por la puerta del
chaflán.)
JUANA. —¿Ignacio? (ELISA abre la boca. CARLOS le aprieta al brazo para que
calle.) Tampoco está aquí. Dónde estará el pobre...
(Avanza hacia el lateral izquierdo y desaparece por la puerta.)
ELISA. — (Emocionada.) ¡Carlos!
CARLOS. — Calla.
ELISA. — ¡Oh! ¿Qué te pasa? No estás normal... yo no hubiera podido resistirlo.
CARLOS. — (Casi sonriente.) Si no ocurre nada, mujer. . . Otra... Otra que busca
al pobre Ignacio, que le llama por las habitaciones... Nada.
ELISA. — No te entiendo. No sé si estás desesperado o loco.
CARLOS. — Ninguna de las dos cosas. Nunca tuve el juicio más claro que ahora.
(Le da palmaditas en la mano.) ¡Anímate, Elisa! Todo se arreglará.
(Entran por el chaflán Ignacio y Miguelín, charlando con animación. Elisa se
oprime las manos al oírlos.)
IGNACIO. —No todas las mujeres son iguales, aunque es indudable que las ciegas
se llevan muy poco entre ellas..., con alguna excepción. Conocí una vez una
muchacha vidente...
MIGUEL. — (Interrumpe, impulsivo.) Son muy simpáticas las chicas videntes. Yo
conozco una que se llama Carmen y que era mi vecina. Yo no le hacía caso, pero
ella estaba por mí…
IGNACIO. —¿Sabes si era fea?
MIGUEL. — (Cortado.) Pues... no... No llegué a enterarme.
CARLOS. — Buenas
noches, amigos. ¿No os sentáis?
MIGUEL. —(Inmutado.) ¡Hombre, Carlos, tengo ganas de hablar contigo! No se cómo
me las arreglo que nunca encuentro la manera de charlar contigo. Ni con Elisa.
ELISA. — (Con esfuerzo.) Estás a tiempo.
MIGUEL. — (Con desgana.) ¡Caramba, si está Elisa contigo! Y ¿cómo te va, Elisa?
ELISA. — (Seca.) Bien, gracias.
MIGUEL. — (Trivial.) ¡Vaya! Me alegro.
CARLOS. —(Articulando con mucha claridad.) Creo que Juana andaba por ahí
buscándote, Ignacio.
(ELISA se queda sobrecogida.)
IGNACIO. — (Turbado.) No... No sé...
CARLOS. — Sí. Sí. Te buscaba.
IGNACIO. — (Repuesto.) Es posible. Teníamos que hablar de algunas cosas.
MIGUEL. — Oye, Ignacio. Creo que podrías seguir hablando de esa muchacha vidente
que conociste. Elisa y Carlos no tendrán inconveniente.
CARLOS. — Ninguno.
IGNACIO. — A Carlos y Elisa no les interesan estos temas. Son muy abstractos.
CARLOS. — Creo que una muchacha de carne y hueso no es nada abstracta.
IGNACIO. — Pero ve. ¿Quieres más abstracción para nosotros?
ELISA. — (Con violencia.) Me disculparéis, pero Ignacio tiene razón: no puedo
soportar esos temas. Me voy a acostar.
CARLOS. — A tu gusto. Perdona que no te acompañe; quisiera continuar charlando
con Ignacio. Miguelín te acompañará.
(MIGUELÍN acoge con desagrado la indicación.)
ELISA. — (Agria.) Que no se moleste por mí. Miguelín quiere seguramente seguir
hablando contigo... y con Ignacio.
MIGUEL. — (Sin pizca de alegría.) Qué tonterías dices... Te acompañaré con mucho
gusto.
ELISA. — Como quieras. Buenas noches a los dos.
IGNACIO. — Buenas noches.
CARLOS. — Hasta mañana, Elisa.
(ELISA se va por la izquierda. Miguelín la sigue como un perro apaleado. Carlos
e Ignacio se acomodan en dos sillones de la izquierda, pero antes de que
comiencen a hablar entra por el chaflán Doña Pepita.)
DOÑA PEPITA. —¡Buenos noches! ¿No se acuestan ustedes?
(CARLOS e IGNACIO se levantan.)
CARLOS. —Es pronto.
DOÑA PEPITA. —Siéntense, por favor. Y usted, hombre del bastón. ¿No dice nada?
IGNACIO. — Buenas noches.
DOÑA PEPITA. — ¡Alégrese, hombre! Le encuentro cada día más mustio. Bueno,
prosigan su charla. Yo voy a dar una vuelta por los dormitorios. Hasta Ahora.
CARLOS. — Adiós, doña Pepita.
(DOÑA PEPITA se va por la izquierda. Pausa.)
IGNACIO. — Supongo que si quieres quedarte conmigo no será para hablar de la
muchacha vidente.
CARLOS. — Supones bien.
IGNACIO. —Me has hablado varias veces y siempre del mismo tema. ¿También es hoy
del mismo tema?
CARLOS. —También.
IGNACIO. —Paciencia. ¿Podrías decirme si tendremos que hablar muchas veces
todavía de lo mismo?
CARLOS. — Creo que serán pocas... Quizá esta sea la última.
IGNACIO. — Me
alegro. Puedes empezar cuando quieras.
CARLOS. — Ignacio... El día en que viniste aquí quisiste marcharte al poco rato.
(Con amargura.) Lo supe en la época en que Juana aún me hacía confidencias.
Tuviste entonces una buena idea, y creo que es el momento de ponerla en
práctica. ¡Márchate!
IGNACIO. —Parece una orden...
CARLOS. —Cuya conveniencia estoy dispuesto a explicarte.
IGNACIO. — Te envía don
Pablo, ¿verdad?
CARLOS. —No. Pero debes irte.
IGNACIO. —¿Por qué?
CARLOS. —Debes irte porque tu influencia está pesando demasiado sobre esta casa.
Y tu influencia es destructora. Si no te vas, esta casa se hundirá. ¡Pero antes
de que eso ocurra, tú te habrás ido!
IGNACIO. — Palabrería. No pienso marcharme, naturalmente. Ya sé que algunos lo
deseáis. Empezando por don Pablo. Pero él no se atreve a decirme nada, porque
sabe que no hay motivo para ello. ¿De verdad no me hablas... en su nombre?
CARLOS. —Es el interés del Centro el que me mueve a hablarte.
IGNACIO. — Más palabrería. ¡Qué aficionado eres a los tópicos! Pues escúchame.
Estoy seguro de que la mayoría de los compañeros desea mi permanencia. Por lo
tanto, no me voy.
CARLOS. —¡Qué te importan a ti los compañeros! (Breve pausa.)
IGNACIO. — El mayor obstáculo que hay entre tú y yo está en que no me
comprendes. (Ardientemente.) ¡Los compañeros, y tú con ellos, me interesáis más
de lo que crees! ¡Me duele como una mutilación propia vuestra ceguera, a mí, por
todos vosotros! (Con arrebato.)
¡Escucha! ¿No te has dado cuenta al pasar por la terraza de que la noche estaba
seca y fría? ¿No sabes lo que eso significa? No lo sabes, claro. Pues eso quiere
decir que ahora están brillando las estrellas con todo su esplendor, y que los
videntes gozan de la maravilla de su presencia. Esos mundos lejanísimos están
ahí (Se ha acercado al ventanal y toca los cristales.) tras los cristales, al
alcance de nuestra vista..., ¡si la tuviéramos! (Breve pausa.) A ti eso no te
importa, desdichado. Pues yo las añoro, quisiera contemplarlas; siento gravitar
su dulce luz sobre mi rostro, ¡y me parece que casi las veo! (Vuelto
extáticamente hacia el ventanal. CARLOS se vuelve un poco, sugestionado a su
pesar.) Bien sé que si gozara de la vista moriría de pesar por no poder alcanzarlas. ¡Pero al menos las vería! Y ninguno de nosotros las ve,
Carlos. ¿Y crees malas estas preocupaciones? Tú sabes que no pueden serlo. ¡Es
imposible que tú -por poco que sea- no las sientas también!
CARLOS. — (Tenaz.) ¡No! Yo no las siento.
IGNACIO. —No las sientes, ¿eh? Y ésa es tu desgracia: no sentir la esperanza que
yo os he traído.
CARLOS. —¿De la luz?
IGNACIO. —¡De la luz, sí! Porque nos dicen incurables, pero ¿qué sabemos
nosotros de eso? Nadie sabe lo que el mundo puede reservarnos; desde el
descubrimiento científico... hasta... el milagro.
CARLOS. — (Despectivo.) ¡Ah, bah!
IGNACIO. — Ya, ya se que tú lo rechazas. ¡Rechazas la fe que te traigo!
CARLOS. — ¡Basta! Luz, visión... Palabras vacías. ¡Nosotros estamos ciegos!
¿Entiendes?
IGNACIO. —Menos mal que lo reconoces… Creí que solo éramos…
invidentes.
CARLOS. — ¡Ciegos, sí! Sea.
IGNACIO. —¿Ciegos de qué?
CARLOS. —(Vacilante.) ¿De
qué?...
IGNACIO. —¡Da la luz! De algo que anhelas comprender... aunque lo niegues.
(Transición.) Escucha: yo sé muchas cosas. Yo sé que los videntes tratan a veces
de imaginarse nuestra desgracia, y para ello cierran los ojos. (La luz del
escenario empieza a bajar.) Entonces se estremecen de horror. Alguno de ellos
enloqueció, creyéndose ciego..., porque no abrieron a tiempo la ventana de su
cuarto. (El escenario está oscuro. Sólo las estrellas brillan en la ventana.)
¡Pues en ese horror y esa locura estamos sumidos nosotros! ... ¡Sin saber lo que
es! (Las estrellas comienzan a apagarse.) Y por eso es para mí doblemente
espantoso. (Oscuridad absoluta en el escenario y en el teatro.) Nuestras voces
se cruzan... en la tiniebla.
CARLOS. — (Con ligera aprensión en la voz.) ¡Ignacio!
IGNACIO. — Sí. Es una palabra terrible por lo misteriosa. Empiezas..., empiezas
a comprender. (Breve pausa) Yo he sentido cómo los videntes se alegran cuando
vuelve la luz por la mañana. (Las estrellas comienzan a lucir de nuevo, al
tiempo que empieza a iluminarse otra vez el escenario.) Van identificando los
objetos, gozándose de sus formas y sus... colores. ¡Se saturan de la alegría de
la luz, que es para ellos como un verdadero don de Dios! Un don tan grande, que se ingeniaron para producirlo de noche. Pero para nosotros todo es igual. La luz
puede volver; puede ir sacando de la oscuridad las formas y los colores; puede
dar a las cosas su plenitud de existencia. (La luz del escenario y las estrellas
ha vuelto del todo.) ¡Incluso a las lejanas estrellas! ¡Es igual! Nada vemos.
CARLOS. — (Sacudiendo con brusquedad la involuntaria influencia sufrida a causa
de las palabras de Ignacio.) ¡Cállate! Te comprendo, sí; te comprendo; pero no
te puedo disculpar. (Con el acento del que percibe una revelación súbita.)
Eres... ¡un mesiánico desequilibrado! Yo te explicaré lo que te pasa: tienes el
instinto de la muerte. Dices que quieres ver... ¡Lo que quieres es morir!
IGNACIO. — Quizá... Quizá. Puede que la muerte sea la única forma de conseguir
la definitiva visión...
CARLOS. — O la oscuridad definitiva. Pero es igual. Morir es lo que buscas, y no
lo sabes. Morir y hacer morir a los demás. Por eso debes marcharte. ¡Yo defiendo
la vida! ¡La vida de todos nosotros, que tú amenazas! Porque quiero vivirla a
fondo, cumplirla; aunque no sea pacífica ni dura y amarga. ¡Pero la vida sabe a
algo, nos pide algo, nos reclama! (Pausa breve.) Todos luchábamos por la vida
aquí... hasta que tú viniste. ¡Márchate!
IGNACIO. —Buen abogado de la vida eres. No me sorprende. La vida te rebosa.
Hablas así y quieres que me vaya por una razón bien vital: ¡Juana!
(Por la izquierda aparece DOÑA PEPITA, que los observa.)
CARLOS. — (Levanta los puños amenazantes.) ¡Ignacio!
DOÑA PEPITA. — (Rápida.) ¿Todavía aquí? Se ve que la charla es interesante
(CARLOS baja los brazos.) Parece como si estuviera usted representando, querido
Carlos.
CARLOS. — (Reportándose.) Casi, casi, doña Pepita.
DOÑA PEPITA. — (Cruzando.) Váyanse a acostar y será mejor. Don Pablo y yo
vendremos ahora a trabajar un rato. Buenas noches.
CARLOS e IGNACIO. — Buenas noches.
(DOÑA PEPITA se vuelve y los mira con gesto dubitativo desde el chaflán. Después
se va.)
CARLOS. —(Sereno.) Has pronunciado el nombre de Juana. Juana no tiene ninguna
relación con esto. Prescindamos de ella.
IGNACIO. —¡Cómo! ¡Me la citas dos veces y dices ahora que es asunto aparte! No
te creía tan hipócrita. Juana es la razón de tu furia, amigo mío...
CARLOS. — No estoy furioso.
IGNACIO. — Pues de tu disgusto. El recuerdo de Juana es el culpable de ese
hermoso canto a la vida que me has brindado.
CARLOS. — ¡Te repito que dejemos a Juana! Antes que... la envenenaras, ya te
había hablado yo por primera vez.
IGNACIO. —Mientes. Ya entonces no era totalmente tuya, y tú lo presentías. Pues
bien: ¡Quiero a Juana! Es cierto. Tampoco yo estoy desprovisto de razones
vitales. ¡Y por ella no me voy!
Como por ella quieres tú que me marche. (Pausa breve). Te daré una alegría
momentánea: Juana no es aún totalmente mía.
CARLOS. —(Tranquilo.) En el fondo de todos los tipos como tú ay siempre lo
mismo: baja y cochina lascivia. Esa es la razón de tu misticismo. No volveré a
hablarte de esto. Te marcharás de aquí sea como sea.
IGNACIO. —(Riendo.) Carlitos, no podrás hacer nada contra mí. No me iré de
ningún modo. Y aunque algunas veces pensé en el suicidio, ahora ya no pienso
hacerlo.
CARLOS. — Esperas, sin duda, a que te dé el ejemplo alguno de los muchachos que
has sabido conducir al desaliento.
IGNACIO. — (Cansado.) No discutamos más. Y dispensa mis ironías. No me agradan,
pero tú me provocas demasiado. Lo siento. Y ahora, sí me marcho, pero va a ser
al campo de deportes. La noche está muy agradable y quiero cansarme un poco para
dormir. (Serio.) Las maravillosas estrellas verterán su luz para mí, aunque no
las vea. (Se dirige al chaflán.) ¿No quieres acompañarme?
CARLOS. —No.
IGNACIO. —Adiós.
CARLOS. —Adiós. (IGNACIO sale. Carlos se deja caer en una de las sillas el
ajedrez y tantea abstraído las piezas. Habla solo, con rabia contenida.) ¡No, no
quiero acompañarte! Nunca te acompañaré a tu infierno. ¡Que lo hagan otros!
(Momentos después entran por el chaflán DON PABLO y DOÑA PEPITA. Esta trae su
cartera de cuero.)
DOÑA PEPITA. —¿Aún aquí?
CARLOS. —(Levantando la cabeza.) Sí, doña Pepita. No tengo sueño.
DON PABLO. —(Que ha sido conducido por DOÑA PEPITA al sofá.) Buenas noches,
Carlos.
CARLOS. — Buenas noches, don Pablo.
DOÑA PEPITA. —(Curiosa.) ¿Se fue ya Ignacio a acostar?
CARLOS. — Sí ... Creo que
sí.
DON PABLO. — (Grave.) Me alegro de encontrarle aquí, Carlos. Quería precisamente
hablar con usted de Ignacio. ¿Quieres darme un cigarrillo, Pepita? (Doña Pepita
saca de su cartera un paquete de tabaco y extrae un cigarrillo.) Sí, Carlos.
Creo que esto no es ya una puerilidad. (A Doña Pepita, que le pone el cigarrillo
en la boca y se lo enciende.) Gracias. (DOÑA PEPITA se sienta a la mesa, saca
papeles de la cartera y comienza a anotarlos con estilográfica.) La situación a
que ha llegado el Centro es grave. ¿Usted cree posible que un solo hombre pueda
desmoralizar a cien compañeros? Yo no me lo explico.
DOÑA PEPITA. —Hay un detalle que aún no sabes... Muchos estudiantes han empezado
a descuidar su indumentaria.
DON PABLO. —¿Sí?
DOÑA PEPITA. —No envían sus trajes a planchar... o prescinden de la corbata,
como Ignacio. (Pausa breve. Carlos palpa involuntariamente la suya.)
Don Pablo. — Supongo que no dejará de hablar en todo el día. Y aun así, tiene
que faltarle tiempo. ¿Usted qué opina, Carlos? (Pausa.) ¿Eh?
(DOÑA PEPITA mira a CARLOS.)
CARLOS. —Perdone. ¿Decía?
DON PABLO. —Que cómo es posible que Ignacio se baste y se sobre para desalentar
a tantos invidentes remotos. ¿Qué saben ellos de la luz?
CARLOS. — (Grave.) Acaso porque la ignoran les preocupe.
DON PABLO. — (Sonriente.) Eso es muy sutil, hijo mío. (Se levanta.)
CARLOS. —Pero es real. Mis desgraciados compañeros sufren la fascinación de todo
lo misterioso. ¡Es una pena! Por lo demás, Ignacio no está solo. Él ha lanzado
una semilla que ha dado retoños y ahora tiene muchos auxiliares inconscientes.
(Breve pausa. Triste.) Y los primeros, las muchachas.
DOÑA PEPITA. — (Suave.) Yo creo que esos retoños carecen de importancia. Si
Ignacio, por ejemplo, se marchase, se les iría con él la fuerza moral para
continuar su labor negativa.
DON PABLO. —Si Ignacio se marchase todo se arreglaría. Podríamos echarlo,
pero... eso sería terrible para el prestigio del Centro. ¿No podría usted, por
lo pronto, insinuarle, a título particular — ¡y con mucha suavidad, desde luego! — la conveniencia de su marcha? (Pausa.)
¡Carlos!
CARLOS. —Perdón. Estaba distraído. No le he entendido bien...
DOÑA PEPITA. — Está usted muy raro esta noche. Don Pablo le decía que si no
podría usted sugerirle a Ignacio que se marchase.
DON PABLO. — Salvo que tenga alguna idea mejor... (Breve pausa.)
CARLOS. — He
hablado ya con él.
DON PABLO. —¿Sí? ¿Y qué?
CARLOS. —Nada. Dice que no se irá.
DON PABLO. —Le hablaría cordialmente, con todo el tacto necesario...
CARLOS. —
Del modo más adecuado. No se preocupe por eso.
DON PABLO. —¿Y por qué no quiere irse?
(Pausa. DOÑA PEPITA mira curiosamente a CARLOS.)
CARLOS. — No lo sé.
DON PABLO. —¡Pues de un modo u otro tendrá que irse!
CARLOS. — Sí. Tiene que
irse.
DON PABLO. — (Con aire preocupado.) Tiene que irse. Es el enemigo más
desconcertante que ha tenido nuestra obra hasta ahora. No podemos con él, no… Es
refractario a todo. (Impulsivo.) Carlos, piense usted también en algún remedio.
Confío mucho en su talento.
DOÑA PEPITA. — Bueno. Ya lo estudiaremos despacio. Creo que deberían irse a
descansar: es muy tarde.
DON PABLO. — Será lo mejor. Pero esta noche tampoco dormiré. ¿Vienes, Pepita?
DOÑA PEPITA. — Aún no. Voy a terminar estas notas.
DON PABLO. — Buenas noches
entonces. No olvide nuestro asunto, Carlos. (CARLOS no contesta.)
DOÑA PEPITA. — Adiós. Que descanses.
(DON PABLO se va por la izquierda. DOÑA
PEPITA se levanta y se acerca a CARLOS. Afectuosa, como siempre que se dirige a
él.) ¿Usted no se acuesta hoy?
CARLOS. — (Sobresaltado.) ¿Eh?
DOÑA PEPITA. —Pero, ¿qué le ocurre, hombre?
CARLOS. — (Tratando de sonreír.)
Nada.
DOÑA PEPITA. — Váyase a la cama. Le hace falta.
CARLOS. — Sí. Me duele la
cabeza. Pero no tengo sueño.
DOÑA PEPITA. — Como quiera, hijo. (Enciende el portátil. Después va al chaflán y
apaga la luz central. Vuelve a sentarse y empieza a murmurar, repasando sus
notas. Escribe. De pronto para la pluma y mira a CARLOS, que se está
levantando.) ¿Le dijo a Ignacio que se marchara cuando los vi antes aquí?
(CARLOS no contesta. Su expresión es extrañamente rígida.
Lentamente, avanza hacia el chaflán. DOÑA PEPITA, sorprendida:) ¿Se va usted?
CARLOS. —(Reportándose.) Voy a tomar un poco el aire para despejarme. Que usted
descanse. Buenas noches.
(Sale por el chaflán.)
DOÑA PEPITA. — Buenas noches. Yo me voy ahora también.
(Le ve salir con gesto conmiserativo. Después prosigue su trabajo. A poco se
despereza. Mira el reloj de pulsera.)
Las doce.
(Se levanta y enciende la radio. Manipula. Comienza a oírse suavemente un
fragmento de "La Muerte de Ase" del "Peer Gynt", de Grieg. DOÑA PEPITA escucha
unos momentos. Dirige una mirada de desgana a las cuartillas. Lentamente, llega
al ventanal y contempla la noche con la frente en los cristales. De repente, se
estremece. Algo que ve la intriga.)
¿Eh?
(Sigue mirando, haciéndose pantalla con las manos. Con tono de extraordinaria
sorpresa:)
¿Qué hacen?
(Crispa las manos sobre el alféizar. Súbitamente retrocede como si la hubiesen
dado un golpe en el pecho, mientras lanza un grito ahogado. Con la faz contraída
por el horror, se vuelve. Se lleva las manos a la boca. Jadea. Al fin corre
rápida al chaflán y sale. Por unos momentos se oye la melodía en la escena sola.
Después, gritos lejanos, llamadas. Pausa. Por la puerta de la izquierda entran
rápidamente MIGUELÍN y ANDRÉS.)
ANDRÉS. —¿Qué pasa?
MIGUEL. —(Sin dejar de andar.) No sé. Del campo piden socorro y dicen que
vayamos tres o cuatro. Avisa en el dormitorio de la derecha.
(Salen por el chaflán. Pausa. ESPERANZA aparece por la izquierda, temblorosa,
tanteando el aire. Poco después entra por el chaflán LOLITA, también muy
afectada. Ambas, en bata y pijama.)
ESPERANZA. —¿Quién…, quién es?
LOLITA. —(Acercándose.) ¡Esperanza! (Se abrazan
en un rapto de miedo.)
ESPERANZA. —¿Has oído?
LOLITA. —Sí.
ESPERANZE. —¿Qué ocurre?
LOLITA. —¡No lo sé!
ESPERANZE. —¡No me dejes! Tengo miedo.
LOLITA. — (Abrazándose a ella de nuevo.) No se oye nada... Es horrible.
ESPERANZA. — (Cayendo de rodillas.) ¡Dios mío, piedad!
LOLITA. — ¡No me asustes! ¡Levanta! (La ayuda a hacerlo.)
ESPERANZA. — Tengo la
sensación de algo irreparable...
LOLITA. — ¡Calla!
ESPERANZA. — Como si hubiésemos estado cometiendo un gran error... Me siento
vacía... Y sola...
LOLITA. —¡Oiga pasos! (Se enfrenta con el chaflán.) ¡Vámonos!
ESPERANZA. —(Reteniéndola por una mano.) ¡No me dejes, Lolita! Estoy llena de
pena... Duerme esta noche conmigo.
LOLITA. — ¡Se acercan!
ESPERANZA. — ¡Ven a mi alcoba! Es terrible esta soledad.
LOLITA. — Vamos, sí...
Tengo frío.
(Se apresuran a salir por la izquierda, muy inquietas. Pausa. Se oyen murmullos
después, y entran por el chaflán DOÑA PEPITA, que enciende en seguida la luz
central, y tras ella
ALBERTO y ANDRÉS, que traen el cadáver de IGNACIO, cuya cabeza cuelga y se
bambolea. Tras ellos, MIGUELÍN, PEDRO y CARLOS, vienen agitados, pálidos de
emoción.)
DOÑA PEPITA. —Colóquenlo aquí, en el sofá. ¡Aprisa! Miguelín, apague esa radio,
por favor. (MIGUELÍN lo hace y queda junto al aparato. DOÑA PEPITA toca en el
brazo de Andrés.) Andrés, avise en seguida a don Pablo, se lo ruego.
ANDRÉS. — Ahora mismo. (Se va por la izquierda.)
DOÑA PEPITA. —(Arrodillada, coge la muñeca de IGNACIO y le pone el oído junto al
corazón.) ¡Está muerto!
(Con los ojos desorbitados, mira a CARLOS, que permanece impasible. Entra
precipitadamente por la izquierda DON PABLO. Viene a medio vestir y sin gafas.
Detrás de él entra de nuevo ANDRÉS.)
DON PABLO. —¿Qué pasa? ¿Qué le ha ocurrido a Ignacio? ¿Estás aquí, Pepita?
DOÑA
PEPITA. —Ignacio se ha matado. Está aquí sobre el sofá.
DON PABLO. —¿Se ha matado?... ¡No comprendo! (Avanza hacia el sofá. Se inclina.
Palpa.)
¿Cómo ha ocurrido? ¿Dónde?
DOÑA PEPITA. —En el campo de deportes. Yo realmente no sé... Llegué después.
DON
PABLO. —¿No sabe nadie cómo ha sido? ¿Quién lo encontró primero?
CARLOS. —Yo.
DON PABLO. —¡Ah! Cuéntenos, cuéntenos, Carlos.
CARLOS. — Poco puedo decir. Había salido para tomar el aire, porque me dolía la
cabeza. Me pareció oír ruidos hacia el tobogán... Me fui acercando. Al tiempo de
llegar sentí un golpe sordo, muy fuerte. Y el movimiento del aire. Comprendí en
seguida que debía tratarse de alguna desgracia. Llegué y palpé. Me pareció que
era Ignacio. Se había caído desde la torreta ya su lado había una de las
esterillas que se usan para el descenso. Entonces pedí socorro. Doña Pepita
llegó en seguida y gritamos más... Después lo hemos traído aquí.
(Entretanto DOÑA PEPITA ha cubierto al muerto con el tapete de una de las
mesitas.)
DON PABLO. —¿Cómo es posible? ¡Ahora lo entiendo meno! No comprendo qué tenía
que hacer Ignacio subido a estas horas en la torreta del tobogán...
ANDRÉS. —Acaso se trate de un suicidio, don Pablo.
ALBERTO. — ¿Y para qué quería la esterilla, entonces? Ignacio se ha matado
cuando intentaba deslizarse por el tobogán. Eso está muy claro. Ya sabemos que
era muy torpe para todo.
DON PABLO. —Pero él no era hombre para esas cosas... ¿Qué le importaba el juego
del tobogán? Por su misma torpeza no quiso nunca entrenarse con ustedes en
ningún deporte.
MIGUEL. — Permita, don Pablo, que el alumno más joven de quizá
con la razón que ustedes no encuentran. (Expectación). Yo conocía muy bien a
Ignacio. (Dolorosamente.) Precisamente porque le torturaban tanto sus miserias,
acaso tratase de superarlas en secreto, simulando indiferencia por los juegos
frente a nosotros. Creo que esta noche y muchas otras, seguramente, en que
tardaba en llegar a nuestro cuarto, trataba de adquirir destreza sin necesidad
de pasar por el ridículo. Ya saben que era muy susceptible...
DON PABLO. —En vez de aprender cuando se le indicaba, nos busca ahora esta
complicación por su mala cabeza. Espero que esto sirva de lección a todos...
(Breve pausa, durante la que los estudiantes desvían la cabeza, avergonzados.)
Sí. Seguramente eso es lo que pasó. ¿No te parece, Pepita?
DOÑA PEPITA. —(Sin dejar de mirar a CARLOS.) Es muy posible...
DON PABLO— ¿Qué
opina usted, Carlos?
CARLOS. — Me parece que Miguelín ha dado en el clavo.
DON PABLO. — Menos mal. La hipótesis del suicidio era muy desagradable. No
hubiera compaginado bien con la moral de nuestro Centro.
DOÑA PEPITA. —¿Quieres que vaya a telefonear?
DON PABLO. — Es más indicado que vaya yo. Al padre también tendré que
avisarle... ¡Pobre hombre! Recuerdo que me habló con miedo de los accidentes...
¡Pero un accidente puede ocurrirle a cualquiera, y nosotros podemos demostrar
que el tobogán y los otros juegos responden a una adecuada pedagogía! ¿Verdad,
Pepita?
DOÑA PEPITA. —Sí, anda. No te preocupes por eso. Yo me quedaré aquí.
DON PABLO.
— El muy... ¡torpe!, trataba de... ¡Claro!
(Se va por el chaflán. Entra por la izquierda, aún vestida, ELISA. Se detiene
cerca de la puerta.)
ELISA. —¿Qué ha pasado? Dicen por ahí que Ignacio...
MIGUEL. — Ignacio se ha
matado. Aquí está su cadáver.
ELISA. — (Cora sorpresa y sin emoción) ¡Oh!
(Instintivamente se acerca a Miguelín hasta tocarle. Desliza sus manos por la
cintura de él, en un expresivo gesto de reapropiación. MIGUELÍN la rodea
fuertemente el talle. Poco a poco, ELISA reclina la cabeza sobre el hombro de
MIGUELÍN.)
DOÑA PEPITA. — Creo que deben marcharse todos de aquí. Muchas gracias por su
ayuda y procuren no comentar demasiado con los compañeros. Buenas noches.
(Despide con palmaditas en el hombro a Pedro ya Alberto por el chaflán.)
Recomienden que no venga nadie a esta habitación.
(ANDRÉS se va también por la izquierda. Tras él, MIGUELÍN y ELISA, enlazados. Él
va serio y tranquilo. Ella no puede evitar una sonrisa feliz.)
ELISA. — Casi es mejor para él... No estaba hecho para la vida. ¿No te parece,
Miguelín?
MIGUEL. — (Cariñoso.) Sí. Ha sido lo mejor que le podía ocurrir. Era
muy torpe para todo.
(Se oyen por la izquierda las llamadas de JUANA, que aparece en seguida, con
bata, cruzando ante ellos. MIGUELÍN, contristado, intenta detenerla, mas ELISA
lo retiene de nuevo, suave, y lo conduce a la puerta, por donde salen.
JUANA. — ¡Carlos! ¡Carlos! ¿Estás aquí?
CARLOS. —Aquí estoy, Juana.
(Ella le encuentra en el primer término y se arroja en sus brazos, sollozando.)
JUANA. — ¡Carlos! (CARLOS la acoge con una desencantada sonrisa. DOÑA PEPITA los
mira dolorosamente) ¡Pobre Ignacio!
CARLOS. — Ya descansa.
JUANA. — Sí. Ahora es más feliz. (Llora.) ¡Perdóname! Sé que te he hecho
sufrir...
CARLOS. — No tengo nada que perdonarte, querida mía.
JUANA. — ¡Sí, sí! Tengo que confesarte muchas cosas... Me pesan horriblemente...
Pero mi intención era buena, ¡te lo juro! ¡Yo nunca he dejado de quererte,
Carlos!
CARLOS. — Lo sé, Juana, lo sé.
JUANA. —¿Me perdonarás? ¡Te lo confesaré todo! ¡Todo!
CARLOS. — No es preciso, ya que nada grave puede ser. Te lo perdono todo sin
saberlo.
JUANA. — ¡Carlos! (Le besa impulsivamente.)
DOÑA PEPITA. — (Sombría.) Será mejor que vuelva a su cuarto, señorita.
CARLOS. —
Tiene usted razón. Vamos, Juanita. Debemos marcharnos. (Enlazados; él,
melancólico, y ella, vibrando, se dirigen a la izquierda.)
DOÑA PEPITA. — (Con
trabajo.) Usted quédese, Carlos. Quiero hablarle.
CARLOS. — (Inclina la cabeza.)
Está bien. Adiós, Juana.
JUANA. —Hasta mañana, Carlos. ¡¡Y gracias!!
(Separan lentamente sus manos. JUANA se va. CARLOS queda en pie, aguardando.
DOÑA PEPITA le mira angustiada. Una larga pausa.)
DOÑA PEPITA. —Ha sido lamentable, ¿verdad?
CARLOS. — Sí. (Pausa.)
DOÑA PEPITA. — (Se acerca, mirándole fijamente.) Sería inútil negar que el
Centro se ha librado de su mayor pesadilla... Que todos vamos a descansar ya
revivir... La solución que antes reclamaba don Pablo... se ha dado ya. (Con
acento de reproche.) ¡Pero nadie esperaba... tanto!
CARLOS. — (Terminante.) Sea
como sea, el peligro se cortó a tiempo.
DOÑA PEPITA. — (Amarga.) ¿Usted cree?
CARLOS. — (Despectivo.) ¿No se dio cuenta? Muerto Ignacio, sus mejores amigos le
abandonan; murmuran sobre su cadáver. ¡Ah, los ciegos, los ciegos! ¡Se creen con
derecho a compadecerle; ellos, que son pequeños y vulgares! Miguelín y Elisa se
reconcilian. Los demás respiran como si les hubiesen librado de un gran peso.
¡Vuelve la alegría a la casa! ¡Todo se arregla!
DOÑA PEPITA. — Me apena oírle...
CARLOS. — (Violento.) ¿Por qué? (Breve pausa.)
DOÑA PEPITA. — (En un arranque.) ¡Qué ha hecho usted!
CARLOS. —(Irguiéndose.) No
comprendo qué quiere decir.
DOÑA PEPITA. — A veces, Carlos, creemos hacer un bien y cometemos un grave
error...
CARLOS. — No sé a qué se refiere.
DOÑA PEPITA. — Tampoco acertamos a comprender, a veces, que no se nos habla para
inquietarnos, sino para consolarnos... Se nos acercan personas que nos quieren y
sufren al vernos sufrir, y no queremos entenderlo. Las rechazamos cuando más desesperadamente
necesitamos descansar en un pecho amigo...
CARLOS. — (Frío.) Muchas gracias por su afecto. , que es innecesario ahora.
DOÑA PEPITA. — (Cogiéndole las manos.) ¡Hijo!
CARLOS. —(Desasiéndose.) No soy tonto, doña Pepita. Comprendo de sobra lo que
insinúa. Ignacio y yo, a la misma hora, en el campo de deportes Esa suposición
es falsa.
DOÑA PEPITA. — ¡Claro que sí! ¡Falsa! No he dicho yo otra cosa. (Lenta.) Ni
pienso decir otra cosa.
CARLOS. — No puedo agradecérselo. Nada hice.
DOÑA PEPITA. — (Con una fugaz mirada al muerto.) Y el pobre Ignacio ya nada
podrá decir... Pero cálmese, Carlos... Suponiendo que fuese cierto. (Movimiento
de él.) ¡Ya, ya sé que no lo es! Pero en el caso de que lo fuese, nada podría arreglarse ya hablando. , y el
Centro está por encima de todo.
CARLOS. — Opino lo mismo.
DOÑA PEPITA. — Y todos nuestros actos deben tender a beneficiarle, ¿no es así?
CARLOS. —(Irónico.) Así es. Sé lo que piensa; no se canse.
DOÑA PEPITA. — O a beneficiarnos personalmente. CARLOS ¡Le repito que es falso
lo que piensa!
DOÑA PEPITA. — (Que se acerca por detrás y apoya sus manos en los hombros de
él.) Bien... Me he engañado. No ha habido ningún crimen; ni siquiera un crimen
pasional. Usted no quiere provocar la piedad de nadie. ¿Ni de Juana?
CARLOS. —(Feroz.) Juana deberá aprender a evitar ese peligroso sentimiento.
(Pausa. Su mano juguetea con las piezas del tablero.)
DOÑA PEPITA. — Carlos...
CARLOS. — Qué.
DOÑA PEPITA. — Le haría tanto bien abandonarse...
CARLOS. — (Levantándose de golpe.) ¡Basta! ¡No se obstine en conseguir una
confesión imposible! ¿Qué pretende? ¿Acreditar su sagacidad? ¿Representar
conmigo el papel de madre a falta de hijos propios?
DOÑA PEPITA. — (Lívida.) Es usted cruel No lo seré yo tanto. Porque, hace media
hora, yo trabajaba aquí, y pudo ocurrírseme levantarme para mirar por el ventanal. No lo
hice. Acaso, de hacerlo, habría visto a alguien que subía las escaleras del tobogán cargado con
el cuerpo de Ignacio... ¡Ignacio desvanecido, o quizá ya muerto! (Pausa.) Luego,
desde arriba, se precipita el cuerpo... sin tener la precaución de pensar en los
ojos de los demás. Siempre olvidamos la vista ajena. Sólo Ignacio pensaba en
ella. (Pausa.) Pero yo no vi nada, porque no me levanté. (Aguarda, espiando su
rostro.)
CARLOS. — ¡No, no vio nada! Y aunque se hubiese levantado y hubiese creído
ver... (Con infinito desprecio.) ¿Qué es la vista? ¡No existe aquí la vista!
¿Cómo se atreve a invocar el testimonio de sus ojos? ¡Bah!
DOÑA PEPITA. — (Llorosa.) Hijo mío, no es bueno ser tan duro.
CARLOS. — ¡Déjeme! ¡Y no intente vencerme con sus repugnantes argucias
femeninas!
DOÑA PEPITA. — Olvida que soy casi una vieja...
CARLOS. — ¡Usted es quien parece haberlo olvidado!
DOÑA PEPITA. —¿Qué dice? (Llorando.) ¡Loco, está usted loco!...
CARLOS.
—(Desesperado.) ¡Sí! ¡Márchese!
(Pausa.)
DOÑA PEPITA. —(Turbada.) Sí, me voy... Parece que don Pablo tarda demasiado...
(Inicia la marcha y se detiene.) Y usted no quiere amistad, ni paz... No quiere
paz ahora. Porque cree haber vencido, y eso le basta. Pero usted no ha vencido,
Carlos; acuérdese de lo que le digo... Usted no ha vencido.
(Engloba en una triste mirada al asesino y a su víctima, y sale por el chaflán.
CARLOS se derrumba sobre la silla. Su cabeza pierde la rigidez anterior y se
dobla sobre el pecho. Su respiración es a cada momento más agitada: al fin, no
puede más y se despechuga, despojándose con un gesto que es mitad de ahogo de
indiferencia, de la corbata. Después vuelve la cabeza hacia el fondo, como si
atendiese a alguna inaudible llamada. Luego se levanta, vacilante. Al hacerlo,
derriba involuntariamente con la manga las fichas del tablero, que ponen con su
discordante ruido una nota agria y brutal en el momento. Se detiene un segundo,
asustado por el percance, y palpa con tristeza las fichas. Después avanza hacia
el cadáver. Ya a su lado, en la suprema amargura de su soledad irremediable, cae
de rodillas y descubre con un gesto brusco la pálida faz del muerto, que toca
con la desesperanza de quien toca a un dormido que ya no podrá despertar. Luego,
se levanta, como atraído por una fuerza extraña, y se acerca tanteando al
ventanal. Allí queda inmóvil, frente a la luz de las estrellas. Una voz grave,
que pronto se encandece y vibra de pasión infinita —la suya—, comienza a oírse.)
CARLOS. —-...Y ahora están brillando las estrellas con todo su esplendor, y los
videntes gozan de su presencia maravillosa. Esos mundos lejanísimos están ahí
tras los cristales (Sus manos, como las alas de un pájaro herido, tiemblan y repiquetean contra la cárcel
misteriosa del cristal.) ¡Al alcance de nuestra vista!..., ¡si la tuviéramos...!
(TELÓN LENTO)
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Antonio Buero Vallejo
nació en Guadalajara en 1916. Su primera vocación fue la pintura y cursó
estudios de Bellas Artes en Madrid. En 1937 se alista en el ejército
republicano, y terminada la guerra, es detenido y condenado a muerte por su
participación en actividades clandestinas. Finalmente se le conmuta la pena por
la de treinta años de cárcel, y en 1946, sale en libertad condicional. Consigue
el Premio Lope de Vega en 1949 con Historia de una escalera, que es representada
en el Teatro Español y con la que obtiene un rotundo éxito. Desde entonces, y
pese a los problemas con la censura, los escenarios más importantes se abren al
dramaturgo. Obtiene, entre otros, el Premio Nacional de Teatro en dos
convocatorias sucesivas: en 1956, por Hoy es fiesta y en 1957 por Las cartas
boca abajo. En 1980 se le otorga un tercer Premio Nacional de Teatro por el
conjunto de su producción. En 1971 fue elegido miembro de la Real Academia, en
1986 se le concedió el Premio Cervantes y en 1996 el Premio Nacional de las
Letras Españolas, ambos otorgados por primera vez a un autor teatral. De entre
sus obras destacan En la ardiente oscuridad,
El concierto de San Ovidio, El tragaluz o La fundación.
Murió en Madrid en el año 2000.
En la ardiente oscuridad |
A cegueira ocupa um lugar central no teatro de Buero
Vallejo. Como deficiência física, aparece em muitas de suas peças; mas é a cegueira espiritual, da qual a física é apenas um símbolo, que está presente de uma forma ou de outra em todas elas, e até mesmo, como em A Fundação , sob a forma de loucura, uma maneira extrema de fugir da realidade. Buero é o profeta das trevas. Ele denuncia repetidamente o autoengano, o delírio, os devaneios, a falsidade e as fantasias construídas para a fuga. Rejeita aqueles que, em termos sartreanos, enganam a vida. Verdade ou felicidade, eis a antinomia. A verdade gera dor, angústia, complicações; o destino trágico daqueles que se esforçam para abrir os olhos dos outros, para destruir a aparente tranquilidade deste mundo de mentiras.
Buero Vallejo triunfou sob Franco e foi esquecido, como tantas outras coisas, com o advento da democracia. Mas esse aparente paradoxo talvez seja a melhor confirmação de seu pensamento. Os tempos de ditaduras são especialmente duros, e pelo menos boa parte da população tem dificuldade em ignorar a realidade. Por outro lado, essas sociedades de contentamento, como diria Galbraith, são propensas a criar escolas confortáveis para cegos, a pintar um mundo azul pastel, a acreditar que o conflito, a contradição, a classe social, as ideologias e a política foram superados. O fim da história. Mas, assim como os cegos não deixam de ser cegos, por mais que sua deficiência seja disfarçada sob o nome mais reconfortante de "deficientes visuais", as classes sociais continuam a existir, e os seus interesses chocam-se e são beligerantes, por mais que agora falemos em grupos e estratos sociais. A obra de Buero permanece relevante, talvez mais do que nunca, porque, também mais do que nunca, hoje insistimos em refugiar-nos em mentiras, em permanecer nas trevas, trevas que, como na trama teatral, apenas para alguns poucos, os ignácios, têm um caráter ardente.
Juan Francisco Martín Seco
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En la ardiente oscuridad
de Antonio Buero Vallejo
Drama en tres actos.
La primera redacción se escribió en 1946 y la definitiva en 1950.
Se estrenó el 1 de diciembre de 1950 en el Teatro María Guerrero de Madrid.
Primera publicación impresa: 1951
6.Nov.2026
Publicado por
MJA
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