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pintura por
Carlos Amillategui
En aquel pueblo, pequeño, donde todos eran ciegos desde hace algunos años, los
hombres se las habían arreglado, con la ayuda de muchísimos inventos, para que
todo fuera, más o menos, como lo era en el resto del mundo; donde en los
hospitales los niños con ceguera desde el nacimiento eran una tragedia y no la
costumbre.
En ese pueblo medianamente abandonado, las personas usaban el olfato como guía
por las calles y avenidas, transitando fácilmente por los barrios, y
acostumbrando memorizar los ruidos de las cosas. Ahí nadie sufría de insomnio
porque la noche no tenía ningún estigma, siendo pocos los que en ella se
dormían, prefiriendo descansar y soñar cuando el sol estaba en su punto más
alto, haciendo un mundo ya sin sombras.
Además de que todos reconocían los colores por el tacto y leían perfectamente el
braille, también eran absolutamente conscientes de que saber una cosa no es como
escucharla, que hablar por hablar ayuda a no pensar y que toda idea, frase o
palabra, se confunde en la uniformidad de los murmullos, de las vastas nubes de
palabras.
Y así, sonrientes en su laberíntica constancia, los hombres ahí vivían hasta
encontrar la muerte. Y cuando solían contemplar juntos el mágico confín de los
ocasos, esperaban a que el frío de la noche y el viento se manifestaran con
cierta satisfacción entre sus cuerpos. Después, una vez acostumbrados a la
ausencia de los rayos solares y empezados los ruidos nocturnos, se decían adiós
o se follaban.
Era fácil porque ahí las despedidas nunca eran un fastidio, y porque, a
diferencia de lo acostumbrado en otros pueblos, países, regiones y culturas
donde la mayoría no sufría de ceguera, no había nadie que no poseyera un perro
propio usado como perro-guía y como buen amigo.
–¡Utopía de ciegos estúpida!– les dijo alguna vez muy alterado un doctor
extranjero que realizaba un investigación científica sobre la degeneración
macular de los habitantes del pueblo, en el preciso momento en el que la gente
lo expulsaba a golpes, cachetadas y piedrazos.
–Casi y lo linchamos– me dijo a mí el más viejo.
–Nada más porque corrió descalzo y se aventó al río y nosotros ya no supimos pa´
donde movernos–.
FIM
Jorge Sarquis Bello
es poeta,
cuentista, politólogo por estudio y comerciante. Ha escrito para revistas como
Replicante, Cultura Colectiva, El Circulo, la revista universitaria Opción
(ITAM), Ocho Ochenta (UIA), entre otras, en las que en ocasiones también ha
presentado sus pinturas para ilustrar sus textos. De nacionalidad mexicana,
nació el 20 de diciembre de 1987.
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Los inventos de los ciegos
Jorge Sarquis, 2014
18.Set.2015
Publicado por
MJA
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