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Marco Tulio Cicerón
-excerto-

Marco Túlio Cícero | 106
a.C — 43 a.C.
Las agitaciones del alma, por otra parte, las inquietudes
y las aflicciones se alivian con el olvido, si a las almas se las
encauza hacia el placer. No sin razón, por lo tanto, Epicuro
se atrevió a decir que el sabio se encuentra siempre entre
muchos bienes, porque siempre se encuentra entre placeres.
La conclusión a la que él llega es la que nosotros estamos buscando, es decir,
que el sabio es siempre feliz. «¿Incluso
si carece del sentido de la vista y el oído?». Incluso así, pues
llega hasta el extremo de no hacerles aprecio. En primer lugar, ¿de qué
placeres se halla privada en realidad esa horrible
ceguera? Hay quienes llegan a sostener que, mientras los
demás placeres residen en los sentidos mismos, los que se
perciben con la vista no consisten en un placer que experimentan
los ojos, como sucede, por el contrario, en las percepciones
del gusto, el olfato, el tacto y el oído, que surten
su efecto en la misma parte en la que experimentamos la
sensación. En los ojos no acontece algo semejante: es el
alma la que recibe lo que vemos.
Ahora bien, con el alma es
posible deleitarse de muchas y variadas maneras, aunque no
se recurra a la vista. Es evidente que me estoy refiriendo al
hombre instruido y culto, para el que la vida equivale a pensar,
pero el pensamiento del sabio apenas sí recurre en sus
investigaciones a la ayuda de sus ojos.
Si la noche no suprime en realidad la
felicidad, ¿por qué va a suprimirla un
día que es semejante a la noche La famosa ocurrencia
del cirenaico Antipatro es un tanto obscena, quién lo puede
negar, pero su sentido no es absurdo; en una ocasión en
que unas mujercitas se compadecían de su ceguera, les dijo:
«¿Qué hacéis? ¿Es que os parece que no hay placeres nocturnos?
» De aquel famoso anciano Apio 1, que fue ciego muchos años, sabemos por las
magistraturas que desempeñó
y las obras que realizó, que nunca, a pesar de su desgracia,
dejó de cumplir sus deberes públicos y privados.
Sabemos
también que la casa de Gayo Druso 2 solía estar llena de
personas que le iban a pedir su parecer; cuando esas mismas
personas no sabían ver bien cómo iban sus propios asuntos,
recurrían a un ciego como guía.
Cuando yo era un niño,
Gneo Aufidio 3, que había sido pretor, no sólo exponía su
opinión en el senado y ayudaba a los amigos que le iban a
hacer consultas, sino que también estaba escribiendo una
historia en griego y tenía buena visión en las cuestiones literarias.
El estoico Diódoto 4 vivió muchos años ciego en mi casa;
él, lo que casi es increíble, no sólo se dedicaba a la filosofía
con una asiduidad mucho mayor aún que antes, tocaba
la lira a la manera de los Pitagóricos y hacía que le leyeran
día y noche libros, ocupaciones éstas que no precisaban del
concurso de los ojos, sino que además, lo que apenas parece
que pueda hacerse sin los ojos, llegó a ejercer como profesor
de geometría, indicando con palabras a sus alumnos de
donde a donde debían trazar cada línea.
Se cuenta que Asclepiades 5, un filósofo conocido de la escuela de Eretria,
cuando uno le preguntó qué incomodidad le había causado
su ceguera, respondió que su séquito había aumentado en un
esclavo. De la misma manera que la pobreza extrema sería tolerable si nos
permitiéramos hacer lo que hacen algunos
griegos a diario, así también la ceguera se podría soportar
fácilmente si no nos faltaran ayudas para paliar sus inconvenientes.
Demócrito 6, al perder la vista, es evidente que
no podía distinguir el blanco del negro, pero sí podía distinguir
el bien del mal, lo justo de lo injusto, lo moral de lo
inmoral, lo útil de lo inútil, lo grande de lo pequeño, y él
podía vivir feliz sin percibir la variedad de los colores, pero
no sin el conocimiento de la realidad. Y este hombre pensaba
que la visión podía llegar a obstaculizar la agudeza del
alma, y mientras que otros a menudo no eran capaces de ver
lo que tenían delante de sus pies, él viajaba a través de toda
la infinitud sin detenerse en límite alguno.
Según la tradición,
Homero también había sido ciego. Pero lo que nosotros
vemos de él es pintura, no poesía. ¿Qué región, qué
costas, qué lugar de Grecia, qué tipo y forma del combate,
qué despliegue de la tropa o de la flota, qué movimiento de
hombres y de animales no ha sido pintado de una manera tal
que ha conseguido que nosotros viéramos lo que él mismo
no ha visto? ¿Es que podemos pensar que el deleite y el placer
del alma le han faltado a Homero o a cualquier otra persona
cultivada?
¿O es que, si no fuera así, Anaxágoras o el
mismo Demócrito 6 habrían abandonado sus tierras y sus patrimonios
y se habrían entregado con toda su alma a este deleíte
divino del aprendizaje y la investigación?
Por esa razón, al augur
Tiresias 7, que los poetas nos presentan como
un sabio, nunca nos lo muestran llorando su ceguera.
A Polifemo,
por el contrario, Homero, después de haberlo imaginado
salvaje y fiero, nos lo presenta hablando con un carnero
y alabando su buena fortuna, porque él era capaz de ir
adonde quería y alcanzar lo que quería. Y hace bien en presentarlo
así: el Cíclope no era en absoluto más inteligente
que el carnero.
¿Qué mal hay en verdad en la sordera? Marco Craso 8
era duro de oído, pero era más desagradable aún que la gente
hablara mal de él, aunque, en mi opinión, injustamente.
Nuestros compatriotas apenas sí saben griego y los griegos
apenas sí saben latín. De manera que unos y otros son sordos
respecto de la lengua de los otros e, igualmente, todos
nosotros somos, sin lugar a dudas, sordos en las lenguas que
no conocemos, que son innumerables.
«Pero los sordos no
oyen la voz del citaredo». Ni tampoco el chirrido de la sierra cuando se la
afila, ni el gruñido del cerdo cuando se lo degüella, ni el del murmurante mar
cuando ellos quieren
descansar y, en el caso de que a ellos les deleiten los cantos,
deben pensar, en primer lugar, que muchos sabios han
vivido felices antes de que estos se inventaran y, luego, que
se puede experimentar un placer mucho mayor leyendo dichos
cantos que oyéndolos.
Además, del mismo modo que
hace un momento remitíamos a los ciegos al placer del
oído, así también podemos remitir a los sordos a los placeres
de la vista. En realidad, quien es capaz de hablar consigo
mismo no necesitará la conversación con otro.
Imaginemos que todos los males se acumulan en una sola
persona, de manera que ella misma, además de ser ciega y
sorda, se halla atormentada por los dolores más terribles del
cuerpo. Estos, en primer lugar, se bastan y sobran, en la mayoría
de los casos, para hacer perecer a un hombre, pero si
se da la circunstancia de que, al prolongarse, siguen atormentándonos
con demasiada violencia para que haya un
motivo para soportarlos, ¿qué razón hay, dioses buenos, para
que los sigamos soportando?
En realidad tenemos a nuestra
disposición un puerto, porque tenemos muy a mano la
muerte, un refugio eterno donde no se siente nada.
Teodoro
dijo a Lisímaco que le amenazaba con la muerte: «Buen
logro en verdad has alcanzado, si has conseguido el poder
de una mosca venenosa». Paulo le respondió a Perseo,
que le suplicaba que no le obligara a acompañarle en su entrada triunfal: «En
realidad esto depende de tí». Muchas
cosas se han dicho sobre la muerte el primer día, cuando
tratábamos precisamente sobre ella, no pocas también el día
siguiente, cuando se hablaba del dolor; quien las recuerde
no hay peligro de que no considere la muerte, si no deseable,
cuando menos no temible. En lo que a mí respecta, creo
que en la vida hay que observar la ley en vigor en los banquetes
de los Griegos, que dice: «O bebes, o te vas».
Y con
razón. En efecto, o uno comparte con los otros el disfrute
del placer de beber, o que se vaya antes de que él, sobrio, se
vea envuelto en los excesos de los ebrios. Lo mismo hay
que hacer con los golpes del destino: si tú no puedes soportarlos,
debes evitarlos con la huida 9.
NOTAS
1 Apio Claudio el Ciego fue censor en el 312, cónsul en el 307
y dictador entre los años 292 y 285. Parte de su fama deriva del hechode que
inició la construcción del acueducto de Roma y de la Vía Apia.
2 Gayo Livio Druso, que vivió en el siglo n, hermano de Marco
Livio
Druso, el rival de Cayo Graco, fue orador y jurista.
3 Gneo Aufidio fue pretor en el año 108. Cf. sobre él lo que nos dice
Cicerón, en De fin. V 19, 54. .
4 Diódoto fue maestro de Cicerón en sus estudios de matemáticas y
dialéctica. Murió el año 59 en casa de Cicerón, a quien legó sus bienes.
5 Asclepiades de Fliunte, que vivió entre los siglos iv y m, fue amigo
y discípulo de Menedemo y fundador de la escuela socrática menor de
Eretria.
6 Demócrito fue un gran viajero y ilegó en sus viajes hasta Persia e india.
«Se dice (de
Demócrito) que, siendo el último de los tres hermanos, repartió la fortuna
familiar; la mayoría de los autores dicen que escogió la parte más pequeña,
que consistía en dinero en metálico, porque necesitaba dinero para sus
viajes». 7 Tiresias es el mítico adivino tebano que se habría quedado ciego a
la edad de siete años, según unos, por haber desvelado a los hombres los
designios de los dioses, según otros, su ceguera sería un castigo divino por
haber visto a Atenea desnuda en el baño. Las súplicas de su madre, Canelo,
habrían hecho que, como compensación de su ceguera, recibiera el
don de la profecía.
8 Marco Licinio Craso formó triunvirato, en el año 60, con César y
Pompeyo. Murió en el 53 al ser derrotado por los partos.
9 Es decir, con la muerte.
FIM
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Las Disputaciones Tusculanas (del año 44 a.C. y dirigidas a Marco Bruto)
consisten en un tratado filosófico en cinco libros, compuesto en forma de
conversaciones entre dos personajes, M. y A. Su tema central es cómo alcanzar la
felicidad y la serenidad, y puesto que no se trata de una obra fácil, afronta
con valor los mayores obstáculos para la consecución de este fin. El propio
Cicerón nos ofrece un esquema de la obra en el prólogo a Sobre la adivinación: «las
Disputaciones tusculanas [...] trataban de los fundamentos de la vida feliz, la
primera sobre el desprecio de la muerte, la segunda sobre soportar el dolor, la
tercera sobre mitigar el dolor, la cuarta sobre las perturbaciones psicológicas
y la quinta sobre la corona de toda la filosofía, la afirmación (estoica) de que
la virtud es en sí misma suficiente para la vida feliz.» La obra posee la fuerza
de lo íntimamente sentido, y tiene un trasfondo biográfico: fue escrita al año
de la muerte de su amada hija Tulia, que sumió a Cicerón en una profunda
tristeza. En sus últimos tres años se apartó de la vida política y se recluyó en
su villa de Túsculo, donde se consagró a la creación literaria; éste es el más
personal de los escritos de esta época.
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Disputaciones
Tusculanas
Marco Tulio Cicerón
44 a.C.
Livro V [excerto]
3.Fev.2015
Publicado por
MJA
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